Aquella noche llegué a casa de madrugada. Venía de una reunión y no fue sino hasta que metí la mano al bolsillo que descubrí que no traía las llaves. Las había perdido. O quizá, simplemente, las había olvidado. Toqué el timbre con cierto fastidio, y tras unos minutos, mi esposa abrió la puerta. Conversamos brevemente y, al notar mi cansancio, me sugirió que cenara algo. Acepté con gusto y fuimos a la cocina.
Me senté en la barra. Enseguida algo me llamó la atención: una veladora encendida. Seguimos hablando sobre el día mientras yo jugueteaba con la llama. La observaba. Pasaba mi dedo por encima. Soplaba, se volvía casi hipnótico el movimiento. En un momento me incliné, y por alguna razón que no comprendo hasta hoy, la olí de cerca. El olor a parafina fue tan intenso que aún lo tengo bien grabado. Me aparté, sorprendido. Había estado a centímetros del fuego y, sin embargo, no sentí calor alguno. Fue entonces que todo comenzó.
Mi esposa colocó el plato frente a mí, y yo corrí la veladora hacia la derecha. Ella se sentó al otro lado de la barra, frente a mi, y mientras cenaba, continuamos charlando. Cuando terminé, ella recogió los platos y fue al fregadero. De pronto, sentí una especie de sopor, como si algo dentro de mí se apagara lentamente. Miré hacia donde había quedado la veladora y, en ese instante, ocurrió: me sentí fuera de mi cuerpo.
Giré la cabeza, miré a mi alrededor. Todo estaba igual: los sonidos del agua, los platos, la cocina. Pero algo era distinto. Otra vez, esa sensación. Una sacudida leve, pero inquietante. Y entonces me vi: sentado en la misma silla, observando la llama. Yo, fuera de mí. Me encontraba a unos dos metros, detrás y ligeramente por encima, flotando. Pude ver mi nuca, mis hombros, incluso mi perfil. Sentí un miedo puro, helado, difícil de nombrar.
Parpadeé, y todo volvió a la normalidad. Excepto por el terror, que se había instalado en mí como un huésped inesperado. Llamé a mi esposa con desesperación. Ella se acercó. Y justo cuando lo hizo, la separación se repitió. Otra vez me vi a mí mismo, a esa misma distancia, desde esa misma perspectiva. Mi rostro estaba desencajado, los labios se movían, pero no escuchaba sonido alguno. Otro parpadeo, y regresé a mí. Esta vez, temblando. Mi esposa me preguntaba qué tenía, qué me pasaba, y yo... yo solo podía llorar.
A partir de ahí, todo se volvió fragmentado. Recuerdo momentos sueltos. Mi esposa y mi suegra me ayudarían después a reconstruir lo ocurrido. Pero lo que sigue, es lo que yo experimenté.
—No sé qué me pasa… —le dije a mi esposa cuando al fin pude articular, YO, palabra. Escucharla era como oír a través del agua. Su voz tenía eco, llegaba tarde. Sus labios se movían, pero no coincidían con el sonido. Fue una experiencia aterradora, pero también infinitamente solitaria. No poder comunicarme, no entender, me hizo sentir perdido.
Otra vez la extraña sacudida, el miedo previo, y de nuevo, esa separación. Me vi ahí, sentado con las manos apoyadas en la barra, frente a mi esposa, observando su cara de preocupación. Ella hablaba, pero yo no escuchaba nada. Un silencio denso. Inquietante. Sin el terror que sentía, quizá habría sido una paz serena. Pero no lo era.
No sabría decir cuánto tiempo pasaba entre esas “salidas”. Cada vez que regresaba, estaba llorando. Y repetía que no entendía nada. En medio de esa confusión, le pedí a mi esposa que despertara a su madre. No sabía por qué, pero necesitaba hablar con ella.
Desconozco cuánto tiempo tardó en llegar. Todo era niebla. Cuando volví a tener noción de mi entorno, mi suegra estaba frente a mí. Lloraba. Me tomaba de las manos. Me miraba con una mezcla de miedo y ternura. Y yo, sin saber cómo ni por qué, le dije que su hijo Víctor —muerto años atrás— le enviaba un mensaje: que todo iba a estar bien, que ella iba a estar bien.
En cuanto terminé de hablar, me sobrevino un miedo aún más profundo. Porque yo no había dicho eso. O mejor dicho, mi mente no lo había pensado. Las palabras simplemente salieron de mis labios, sin mi intervención. Era como si otra conciencia hablara a través de mí.
Cuando recobré el control, le pedí perdón. Le aseguré que no era yo quien decía esas cosas, que no creía en lo que estaba ocurriendo. Porque en verdad, hasta ese momento, yo no creía en nada que no pudiera comprobar. Si no tenía lógica, no existía. Así funcionaba mi mente.
Pero otra vez ocurrió: me separé. Volví a mirar mi cuerpo desde fuera. Observé a mi esposa y a mi suegra, frente a ese cuerpo que hablaba con mi voz. Y algo más: vi cómo ciertas “cosas” —no sé qué eran— entraban a mi cabeza. Parecían letras, palabras. Fue entonces que comprendí, de forma instintiva, que esas cosas eran lo que mi cuerpo usaba para hablar mientras yo estaba fuera. Yo no era quien decía esas palabras. Pero eran mías. O al menos, salían de mí.
Era escéptico. Lo había sido toda mi vida. Por eso, no conté lo sucedido a nadie durante más de diez años. Sólo lo hablé al día siguiente— con mi esposa y mi suegra. Al no encontrar alguna explicación, les pedí que olvidaran todo. Que no se hablara más. “Si no se puede comprobar”, les dije, “entonces no pasó”.
Y así fue, durante años.
Hasta que nuevas experiencias, aún más extrañas, comenzaron a sucederme. Otras separaciones. Otros momentos que desafiaban toda lógica. Poco a poco, fui aceptando que algo ocurría. Algo que escapaba a lo racional, algo que estaba más allá de toda explicación.
Hoy entiendo que hay cosas que simplemente suceden. No necesitan pruebas. No buscan nuestra aprobación. No están para ser entendidas, sino para ser vividas. Aunque no tengan lógica, ocurren. Y reconocerlas, aceptarlas, es el primer paso para comprenderlas.
Romper nuestras propias barreras mentales es, tal vez, la única forma de empezar a ver con otros ojos.