viernes, 2 de mayo de 2025

Alejandro 3 años después.

-... ya es tiempo que dejes de estar bajo las sombra del árbol y te conviertas en el árbol que dará sombra y protección a alguien más, Tú debes de dejar la esclavitud del trabajo, tu lugar está en tu casa con los tuyos.   
Esas palabras me las dijo Alejandro después de tres años sin vernos. Y, sin embargo, fue como si el tiempo no hubiera pasado. Sentí que lo había visto apenas el fin de semana anterior. Me hablaba como si estuviéramos retomando una conversación interrumpida, como si continuáramos justo donde la dejamos… hace tres años. Como si, para él también, el tiempo se hubiera detenido.

Durante todo ese tiempo no hubo una sola llamada, un mensaje, nada. Ningún tipo de contacto. Y apenas ahora empiezo a comprender por qué… y para qué.

No era un abandono. Era parte del camino.

En ese lapso, yo tenía que recorrer mi propio sendero. Aplicar sus enseñanzas. Aprender por mis propios medios, sin ayuda, sin su voz guiándome, sin sus ojos observando mis pasos. Tenía que enfrentarme solo a todo… y luego ser testimonio viviente de ese proceso.

Alejandro no se había alejado. Solo me había dejado espacio para encontrarme.


Después de tres años, nos reencontramos en una pequeña reunión. Él ya me había llamado para decirme que iba a estar en la ciudad, que quería verme, y yo también tenía infinitas ganas de verlo.

Cuando llegamos a la reunión, la verdad es que no pudimos platicar mucho. Llegaron amigos que se fueron uniendo a la conversación, y la charla que tanto deseábamos tener, tanto él como yo, simplemente no se dio. El tema que queríamos hablar quizá no era para todos, al menos no en ese momento, o eso creía yo.

Cuando por fin pudimos estar un momento a solas, le pedí que nos viéramos al día siguiente. Lo invité a comer y le dije que pasaría por él a la una de la tarde. Y así fue. Al otro día, a la hora acordada, yo estaba muy emocionado, ilusionado por verlo, por poder platicar con él.

Pasé por él a la casa de unos amigos, donde se estaba quedando desde que regresó a la Ciudad de México. Fuimos a un lugar tranquilo, en el centro de la ciudad. Más que alimentar el cuerpo, lo que yo quería era alimentar el alma con sus palabras.

Ese día volvió a hablarme sobre el nombre que me había dado años atrás; Tzadik. Me repitió, con mucha claridad, que él no me había dado ese nombre por casualidad. Me habló mucho sobre sí mismo, sobre su historia, sobre lo que había vivido… y cada vez me sorprendía más. Me contó que había sido misionero para distintas religiones y que en algunas de esas misiones vivió cosas que, honestamente, serían difíciles de creer si no vinieran de él.

Estar ahí con él era como estar dentro de una burbuja. Como si nadie más nos viera, como si fuéramos invisibles para el mundo. Podíamos hablar fuerte, reír, llorar… y nadie nos volteaba a ver, nadie parecía notar nuestra presencia. Era como si el tiempo y el espacio nos protegieran.

Lloramos. Nos tomamos de las manos. Como ya me había pasado antes, empecé a hablar… pero no era yo. Las palabras que salían de mi boca no eran mías. Eran de alguien más, solo para él. Le pregunté si entendía lo que le estaba diciendo, y él asentía con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas.

Recuerdo haberle dicho algo, no sé qué exactamente… pero sí recuerdo claramente cuando él me respondió:
Ya quiero irme a casa… Ya quiero regresar a casa.

En ese momento lo escuché, como si volviera en sí.  Estaba llorando. Me dijo que esta no era su casa que el venía de otro mundo, de otro lugar en el universo. Lo dejé que llorara. Cuando se calmó, le dije:
Me dicen que hay una palabra para ti.

No recuerdo qué palabra era. Solo recuerdo que él me tomó de las manos, con lagrimas en los ojos y una sonrisa en los labios me dijo:
Gracias.

Estuvimos ahí como cuatro horas, pero para nosotros fueron apenas diez minutos.


jueves, 22 de noviembre de 2012

Mi primer encuentro con lo desconocido.

Aquella noche llegué a casa de madrugada. Venía de una reunión y no fue sino hasta que metí la mano al bolsillo que descubrí que no traía las llaves. Las había perdido. O quizá, simplemente, las había olvidado. Toqué el timbre con cierto fastidio, y tras unos minutos, mi esposa abrió la puerta. Conversamos brevemente y, al notar mi cansancio, me sugirió que cenara algo. Acepté con gusto y fuimos a la cocina.

Me senté en la barra. Enseguida algo me llamó la atención: una veladora encendida. Seguimos hablando sobre el día mientras yo jugueteaba con la llama. La observaba. Pasaba mi dedo por encima. Soplaba, se volvía casi hipnótico el movimiento. En un momento me incliné, y por alguna razón que no comprendo hasta hoy, la olí de cerca. El olor a parafina fue tan intenso que aún lo tengo bien grabado. Me aparté, sorprendido. Había estado a centímetros del fuego y, sin embargo, no sentí calor alguno. Fue entonces que todo comenzó.

Mi esposa colocó el plato frente a mí, y yo corrí la veladora hacia la derecha. Ella se sentó al otro lado de la barra, frente a mi, y mientras cenaba, continuamos charlando. Cuando terminé, ella recogió los platos y fue al fregadero. De pronto, sentí una especie de sopor, como si algo dentro de mí se apagara lentamente. Miré hacia donde había quedado la veladora y, en ese instante, ocurrió: me sentí fuera de mi cuerpo.

Giré la cabeza, miré a mi alrededor. Todo estaba igual: los sonidos del agua, los platos, la cocina. Pero algo era distinto. Otra vez, esa sensación. Una sacudida leve, pero inquietante. Y entonces me vi: sentado en la misma silla, observando la llama. Yo, fuera de mí. Me encontraba a unos dos metros, detrás y ligeramente por encima, flotando. Pude ver mi nuca, mis hombros, incluso mi perfil. Sentí un miedo puro, helado, difícil de nombrar.

Parpadeé, y todo volvió a la normalidad. Excepto por el terror, que se había instalado en mí como un huésped inesperado. Llamé a mi esposa con desesperación. Ella se acercó. Y justo cuando lo hizo, la separación se repitió. Otra vez me vi a mí mismo, a esa misma distancia, desde esa misma perspectiva. Mi rostro estaba desencajado, los labios se movían, pero no escuchaba sonido alguno. Otro parpadeo, y regresé a mí. Esta vez, temblando. Mi esposa me preguntaba qué tenía, qué me pasaba, y yo... yo solo podía llorar.

A partir de ahí, todo se volvió fragmentado. Recuerdo momentos sueltos. Mi esposa y mi suegra me ayudarían después a reconstruir lo ocurrido. Pero lo que sigue, es lo que yo experimenté.

—No sé qué me pasa… —le dije a mi esposa cuando al fin pude articular, YO, palabra. Escucharla era como oír a través del agua. Su voz tenía eco, llegaba tarde. Sus labios se movían, pero no coincidían con el sonido. Fue una experiencia aterradora, pero también infinitamente solitaria. No poder comunicarme, no entender, me hizo sentir perdido.

Otra vez la extraña sacudida, el miedo previo, y de nuevo, esa separación. Me vi ahí, sentado con las manos apoyadas en la barra, frente a mi esposa, observando su cara de preocupación. Ella hablaba, pero yo no escuchaba nada. Un silencio denso. Inquietante. Sin el terror que sentía, quizá habría sido una paz serena. Pero no lo era.

No sabría decir cuánto tiempo pasaba entre esas “salidas”. Cada vez que regresaba, estaba llorando. Y repetía que no entendía nada. En medio de esa confusión, le pedí a mi esposa que despertara a su madre. No sabía por qué, pero necesitaba hablar con ella.

Desconozco cuánto tiempo tardó en llegar. Todo era niebla. Cuando volví a tener noción de mi entorno, mi suegra estaba frente a mí. Lloraba. Me tomaba de las manos. Me miraba con una mezcla de miedo y ternura. Y yo, sin saber cómo ni por qué, le dije que su hijo Víctor —muerto años atrás— le enviaba un mensaje: que todo iba a estar bien, que ella iba a estar bien.

En cuanto terminé de hablar, me sobrevino un miedo aún más profundo. Porque yo no había dicho eso. O mejor dicho, mi mente no lo había pensado. Las palabras simplemente salieron de mis labios, sin mi intervención. Era como si otra conciencia hablara a través de mí.

Cuando recobré el control, le pedí perdón. Le aseguré que no era yo quien decía esas cosas, que no creía en lo que estaba ocurriendo. Porque en verdad, hasta ese momento, yo no creía en nada que no pudiera comprobar. Si no tenía lógica, no existía. Así funcionaba mi mente.

Pero otra vez ocurrió: me separé. Volví a mirar mi cuerpo desde fuera. Observé a mi esposa y a mi suegra, frente a ese cuerpo que hablaba con mi voz. Y algo más: vi cómo ciertas “cosas” —no sé qué eran— entraban a mi cabeza. Parecían letras, palabras. Fue entonces que comprendí, de forma instintiva, que esas cosas eran lo que mi cuerpo usaba para hablar mientras yo estaba fuera. Yo no era quien decía esas palabras. Pero eran mías. O al menos, salían de mí.

Era escéptico. Lo había sido toda mi vida. Por eso, no conté lo sucedido a nadie durante más de diez años. Sólo lo hablé al día siguiente— con mi esposa y mi suegra. Al no encontrar alguna explicación, les pedí que olvidaran todo. Que no se hablara más. “Si no se puede comprobar”, les dije, “entonces no pasó”.

Y así fue, durante años.

Hasta que nuevas experiencias, aún más extrañas, comenzaron a sucederme. Otras separaciones. Otros momentos que desafiaban toda lógica. Poco a poco, fui aceptando que algo ocurría. Algo que escapaba a lo racional, algo que estaba más allá de toda explicación.

Hoy entiendo que hay cosas que simplemente suceden. No necesitan pruebas. No buscan nuestra aprobación. No están para ser entendidas, sino para ser vividas. Aunque no tengan lógica, ocurren. Y reconocerlas, aceptarlas, es el primer paso para comprenderlas.

Romper nuestras propias barreras mentales es, tal vez, la única forma de empezar a ver con otros ojos.

viernes, 5 de agosto de 2011

Tzadik parte 2

Habían pasado cinco minutos. Seguíamos platicando, pero algo dentro de mí empezaba a cambiar. Una sensación extraña, una paz profunda, casi sobrenatural, comenzó a recorrerme. Estábamos afuera, en plena madrugada, más de la 1 a. m., y sin embargo… no sentía frío. Escuchaba a Alejandro con atención, sí, pero al mismo tiempo, algo más poderoso me atravesaba. Mi mano derecha, sin pensarlo, comenzó a frotar mi antebrazo izquierdo, como si quisiera generar calor... o tal vez consuelo.

Entonces ocurrió.

Sin darme cuenta, tenía ambas manos cruzadas en un abrazo: la derecha en mi antebrazo izquierdo, la izquierda en el derecho. Un autoabrazo. Y en ese instante, algo me invadió con una fuerza abrumadora. Una felicidad tan intensa que me dejó sin aliento. Veía los labios de Alejandro moverse, pero no oía nada. Era como si me hubieran desconectado del mundo exterior. Cerré los ojos… y ahí estaba. Un espacio blanco, puro, infinito. Un limbo.

Algo que jamás había sentido tomó posesión de mí. No era solo una emoción: era alegría, ternura, amor, energía, tranquilidad… todo a la vez, fundido en un solo sentimiento. Y entonces lo supe: esos brazos que me abrazaban, que me apretaban con dulzura, no eran míos.

El desconcierto me estremeció.

Eran otros brazos. Alguien más me sostenía. Y me reconfortaban como nunca antes nadie lo había hecho. Lloraba. No de tristeza, sino de una emoción tan profunda que no cabía en mi pecho.

Solté el abrazo. Necesitaba tocarme el rostro. Algo me decía que debía hacerlo. Llevé mis manos a mis mejillas… y lo confirmé: no eran mis manos. Las coloqué como siempre lo haría —mano derecha en mejilla derecha, izquierda en la izquierda— pero no sentí nada especial. Entonces crucé las manos, derecha en la mejilla izquierda y viceversa… y la magia volvió.

Era como si alguien estuviera frente a mí, tocándome, acariciándome con una ternura inhumana. Besé mis manos, pero en mi interior sabía que no eran mías. Eran sus manos. Le di las gracias a Dios, con lágrimas que brotaban como un niño. Me dejé llevar, sintiendo esas caricias que parecían no tener fin. No sé cuánto tiempo pasó.

La intensidad bajó poco a poco. Abrí los ojos. Frente a mí, Alejandro me miraba con ternura. Se acercó y me abrazó fuerte, en silencio. Cuando se separó, me miró sonriendo y dijo:
Ya ves que sí sentiste.
Le devolví la sonrisa. Solo pude dar las gracias. A él... y a Dios. Me habían regalado algo inmenso, algo que no sabía que se podía sentir.

Más tarde, ya más tranquilo, Alejandro dijo que debía irse. Miré el reloj. Eran casi las 6 a. m. El cielo empezaba a aclararse. No podía creerlo: habíamos hablado casi cinco horas.

Me ofrecí a llevarlo. Mientras conducía por una avenida hacia el oriente, las montañas en el horizonte comenzaban a delinearse con los primeros trazos del amanecer. Detuve el auto.
—Mira lo que nos va a regalar —dije, señalando las montañas.

El sol aún no salía, pero su luz hervía sobre el filo de las cumbres. Era como si algo detrás de esas rocas ardiera con impaciencia. Un efecto hipnótico, casi místico. Quise resaltar ese momento, porque justo mientras le señalaba a Alejandro el lugar, eso ocurría: la luz parecía latir, temblaresperar.

Alejandro cerró los ojos. Comenzó a entonar un canto en hebreo. Su voz, suave pero firme, flotaba en el aire. Cantó por cerca de dos minutos. El sol seguía oculto.

Yo no apartaba la vista del horizonte.

Cuando terminó, abrió los ojos, me miró profundamente, y alzando la mano hacia el cielo, dijo con una certeza que me heló la sangre:
Ahora sí, ya puede salir.

Y justo en ese instante exacto, el sol emergió detrás de las montañas.

jueves, 31 de marzo de 2011

Don Pedro

Don Pedro.

Me encuentro en un bar al oriente de la ciudad. Todo fluye a la perfección: buena música, buen ambiente, buena compañía. La segunda copa apenas roza mis labios cuando siento la necesidad urgente de ir al baño. Me levanto y camino con prisa hacia los sanitarios.

Ya frente al mingitorio, un pensamiento me atraviesa como un relámpago: no saludé al encargado del baño. Giro ligeramente la cabeza y lo veo de reojo, él sentado en la entrada, junto a la puerta. Es un señor mayor, de rostro cansado. Repruebo mi olvido y me prometo que, al salir, me disculparé con él.

En ese instante, una imagen irrumpe en mi mente: el señor, con un bebé en brazos, o tal vez con un niño pequeño. Me desconcierta. Al lavarme las manos, lo observo por el espejo. La idea no tiene sentido... ¿cómo va a tener un hijo pequeño a esa edad?

Tomo la servilleta de papel que me extiende, y mientras seco mis manos, me disculpo por no haberlo saludado. Pero antes de poder callarme, algo en mí se adelanta a la razón.

—¿Va a tener un bebé? —le pregunto.

El hombre me mira fijamente, con una mezcla de desconfianza y sorpresa.

—¿Cómo cree, joven? ¿A mi edad?

Avergonzado, me acerco un poco más.

—Perdóneme, de verdad. No era mi intención incomodarlo.

—No se preocupe, no me molesta. Sí tengo hijos, pero ya grandes... también nietos. Aunque no los veo muy seguido.

Tal vez porque pocas personas se detienen a hablar con él, o porque simplemente le gusta platicar, comienza a contarme historias de sus hijos y nietos. Para escucharlo mejor, me pongo en cuclillas frente a él. Al moverme para apoyar el brazo sobre mi pierna, mi mano roza casi su rodilla derecha. En ese instante, una oleada de calor sube por mi palma... y una sutil estática la recorre.

Él sigue hablando. Yo lo miro a los ojos. Despacio, coloco la mano justo sobre su rodilla, sin tocarla. El calor regresa. La estática también.

Pasados un par de minutos, no puedo más. Lo interrumpo:

—¿Le duele algo?

Me observa, intentando descifrar mis intenciones. Quizá piensa que estoy borracho o simplemente loco. Pero no encuentra nada fuera de lugar en mi mirada.

—A mi edad ya duele todo —dice, con una sonrisa cansada.

—¿Pero dónde le duele más?

—Las rodillas, joven. Por eso estoy aquí sentado, me cuesta mucho levantarme.

—¿Puedo pedirle un favor?

—Claro. Dígame.

—Por favor, póngase de pie... y camine.

—¿Cómo dice? —su expresión cambia. De la sonrisa a la incredulidad.

Repite lo que le dije, como si necesitara asegurarse de que lo oyó bien. 

- ¿Que me ponga de pie?

Luego, con cierta molestia:

—Está bien, joven...

Apoya sus manos en los descansabrazos y, con esfuerzo, se pone de pie. Da tres pasos. Me lanza una mirada de soslayo. Sacude la pierna derecha. Da otros pasos. Da vuelta... y sacude la pierna otra vez, camina de regreso.

Antes de llegar hasta la silla, en donde yo sigo de cuclillas, me pregunta casi gritando:

—¿Qué me hizo, joven? ¡¿Qué me hizo?!

—Siéntese, por favor.

Se sienta. Me clava su mirada en los ojos.

—¿Se le quitó el dolor de la rodilla? le pregunto.

—Sí... aún me duele, pero no como antes. La otra sí, esa sigue igual —dice, señalando su rodilla izquierda.

—¿Me permite acercar mis manos?

—Sí, pero por favor, dígame qué me está haciendo.

—¿Cómo se llama? —le pregunto para evitar contestarle, mientras acerco las palmas de mis manos a unos cinco centímetros de sus rodillas.

—Pedro García. Para servirle.

—¿Desde cuándo tiene ese dolor, Don Pedro?

Le hago más preguntas, evadiendo la suya. No tengo respuesta.

—Ya hace años... —responde—. Me dieron diclofenaco. Al principio ayudaba, ahora ya no tanto.

Mientras él me habla de médicos y medicinas, siento que el calor en mis manos disminuye. La estática también. Me pongo de pie.

—¿Puede levantarse otra vez, Don Pedro?

—Sí, joven. Mire, ahora me levanto sin agarrarme.

Y lo hace. Con facilidad. Camina. Sacude una pierna, luego la otra. Gira. Regresa.

—¡Mire, puedo caminar sin dolor! ¡Mire! —dice, emocionado, una sonrisa se dibuja en su rostro.

Yo lo miro, conmovido. Siento una paz inmensa. Una gratitud inexplicable.

—¿Qué me hizo?

—No lo sé. Sólo sé que esto... esto es para algo. Y usted debe saber para qué.

—Lo único que quiero es estar bien... por mi pequeña.

—¿Entonces sí tiene un bebé?

—No. Mi hija tiene 32 años. Pero nació con una deficiencia. Es como una niña de siete...

—¡Ella es su bebé, Don Pedro! ¡El bebé del que le hablé!.

Nos despedimos. Regreso a mi mesa con una alegría desbordante. En el escenario, una banda de rock comienza a tocar. El ambiente vibra. Todos bailan, cantan. Levanto los brazos al ritmo de la música, y entonces... siento de nuevo esa extraña sensación en las palmas: calor, estática. Una energía viva.

Bajo los brazos. Todo normal. Los dirijo hacia el escenario, nada. Luego hacia el público que baila debajo... y el calor vuelve con intensidad. Giro mis manos. Lo repito. Cada vez que las dirijo hacia la gente... la temperatura cambia.

Miro a mi alrededor, buscando alguna fuente de luz o calor. Nada. Las luces están dirigidas hacia el escenario.

Le cuento a una amiga lo que siento. Le pido que haga lo mismo. Nada.

—Pon tus palmas frente a las mías —le digo.

Lo hace, sin tocarme. Y en cuanto lo hace, da un pequeño grito y retira las manos.

—¿Qué pasó?

—Sentí... como toques.

—¿Toques?

—Sí. Como cuando pasas la mano por la pantalla del televisor. Como estática... pero más fuerte.

Lo pruebo con otro amigo. El mismo resultado.

Esa noche, comprendí algo: hay algo dentro de mí que no entiendo, pero está ahí. No sé cómo funciona. No sé por qué ocurre.
Pero sé... que es real.


viernes, 25 de marzo de 2011

Tzadik parte 1

—Y ahora sé para qué estoy aquí —me dijo—. Vengo a revelarte que eres un enviado de Dios en la Tierra. Él te ha escogido entre sus hijos para dar fe y testimonio de su palabra. Eres el medio, la luz, eres la silueta detrás de las sombras.

Apenas recuerdo a Alejandro. Lo conocí en la Ciudad de México. Era un joven de 15 o 16 años, alto, fuerte, con rostro de niño, con la sonrisa en todo momento. Ahora que lo vuelvo a ver, después de 20 años, es un hombre corpulento, con el mismo rostro de niño, pero con gesto duro. Las líneas de expresión parecieran cinceladas por los desvelos y preocupaciones, pero que, a la menor provocación, se convierten en ríos de alegría. Este niño es un ángel. Literalmente, es un ángel, un enviado de Dios, guardián de la Palabra, un hombre que obra milagros, humilde, sencillo, que hace doce años recibió la misión de dar a conocer la palabra divina y mostrar el camino a quienes están despertando, a los que comienzan a abrir los ojos hacia el renacimiento de la fe, hacia el despertar de la conciencia. 

Alejandro estudia las Sagradas Escrituras y todo aquello que se relaciona con la palabra de Dios, sin ser practicante de religión alguna. Es un emisario al que se le confirió el don de hacer milagros. Un hombre amado por Dios, a quien se le otorgó la compleja tarea de descifrar su doctrina y revelarla a los hombres y mujeres escogidos.

A finales de enero de 2011 celebramos una reunión con familiares y amigos en casa. Por una "coincidencia", asistió Alejandro. Digo coincidencia, aunque empiezo a dudar que tal cosa exista. Él vive en el norte del país y esos día se encontraba en la Ciudad de México de vacaciones. Lo recibí con gusto, platicamos un breve momento. Durante la noche lo vi comiendo o charlando animadamente con alguien más. En algún momento, ya entrada la noche, lo noté dormitando en un sillón. Tomé un cojín y, cuidadosamente, le levanté un poco la cabeza y lo acomodé. Abrió los ojos, sorprendido, como si hubiese visto algo en mi rostro.

—Estoy bien así, de verdad, no te molestes —me dijo.

Me dio las gracias.  No con palabras… con la mirada.  Desde ese instante se levantó del sillón y creo que buscaba un momento para hablar conmigo.

Entrada la noche salí al estacionamiento a fumar y, a los pocos minutos, salió Alejandro. Comenzamos una conversación sobre la situación en Monterrey, la ciudad donde vive. Esa plática nos llevó a otra y me sentí muy cómodo hablando con él. Me dio la confianza de platicarle una situación que había sucedido un par de horas antes con unos amigos asistentes a la fiesta, ahí mismo, en casa...

Un amigo me pidió permiso para que Blanca, su esposa, se recostara en una habitación porque tenía un fuerte dolor de cabeza. Naturalmente accedí y los conduje a la habitación. Blanca se recostó y se cubrió los ojos con una mano para que la luz no le molestara. Cuando se recostó le pregunté:

—¿Padeces de migraña?
—Sí.
—¿Ya tomaste algo para el dolor?
—No, pero me están consiguiendo una pastilla.

En la habitación estábamos Blanca, su esposo y yo. Ella acostada de lado, con los ojos cerrados y la mano cubriéndolos. Su esposo, sentado a su lado en la cama, y yo, parado a los pies de la cama.

—¿Me permites acercar las manos a su cabeza? —le pregunté a su esposo.
—¿Para qué? —me contestó con un gesto de extrañeza.
—Quizá le ayude a aminorar el dolor.

Volvimos la mirada hacia Blanca y él, al verla con el gesto de dolor, asintió con la cabeza, aprobando mi petición.

Me acerqué a Blanca y le pregunté:

—¿En escala del 1 al 10, cuánto te duele?
—9 —contestó—, pero si no me tomo la pastilla rápido y dejo que siga el dolor, va a subir hasta 20.

Aproximé mis manos a 10 centímetros de su cabeza, sin tocarla. Por espacio de un minuto aproximadamente las dejé ahí. Cuando las retiré, le pedí que se sentara en la cama y abriera los ojos. Con ayuda de su esposo se incorporó y, al abrir los ojos, me preguntó:

—¿Qué me hiciste? —estaba verdaderamente sorprendida.
—Nada, sólo puse las manos sobre tu cabeza —su esposo lo confirmó asintiendo con la cabeza.
—¿Ahora, del 1 al 10, cuánto te duele?
—4
—¿Te sigue molestando la luz?
—No, ya no.
—¿Me permites volver a acercar las manos a tu cabeza para ver si baja más el dolor?
—Sí.

Le pedí que cerrara los ojos y coloqué nuevamente las manos sobre su cabeza, esta vez por aproximadamente un minuto y medio.

—Abre los ojos. Le pedí.  -¿Ahora, del 1 al 10, de cuánto es el dolor?
—De 1. Siento la cabeza como dormida, como si fuera de esponja.
—¿Alguna vez se te había quitado tan rápido el dolor?
—No, nunca. Con las pastillas me tarda por lo menos media hora.
—¿Qué me hiciste? Me preguntó realmente asombrada.
—No sé, de verdad no sé.  Sólo acerqué mis manos a tu cabeza.

Levanté la mirada y su esposo me estaba observando. Asentía con la cabeza.

Cuando terminé de relatarle a Alejandro lo que sucedió con Blanca, me miró con una mezcla de curiosidad y comprensión. Me preguntó cómo hice para que se le quitara ese dolor. Le dije lo mismo: ¡No sé!.  Le relaté otras experiencias en torno a la sanación. En su mirada me di cuenta de que Alejandro tenía la mente abierta para poder compartirle también mis experiencias con personas que se encuentran en otro plano. Sin hacer preguntas, con un gesto tranquilo, me dejó hablar. Me miraba fijo a los ojos y, cuando terminé, me dijo:

—Ahora ya sé por qué vine, para qué estoy aquí.
—No entiendo —respondí.
—Yo no tenía planeado venir, no tenía dinero. Si te das cuenta, mi esposa y mis hijos no vienen conmigo. Ellos me insistieron mucho para que hiciera este viaje y ahora sé por qué, mi esposa, casi me sacó a empujones de la casa.
—Sigo sin entenderte. Le dije.
—Déjame primero decirte lo que he vivido… desde hace doce años yo estudio la Biblia, la Torá y otros libros sagrados. Y esto empezó sin darme cuenta. Un día me desperté con ganas de leer la Biblia y después ya era una imperiosa necesidad, una obsesión, algo o alguien que me mandaba hacerlo. Tiempo después supe que ese algo o alguien era Dios.

Supe que era cierto lo que Alejandro decía porque yo también siento esa voz. Esa presencia. Esa certeza. Y sólo la comparto con quienes sé que pueden comprenderla.

—¿Cómo se comunica Dios contigo? —le pregunté.
—Sólo sé que tengo que hacer ciertas cosas, como ir a algún lado, o llamar a alguien. Sólo lo siento.
—¿Y tú, cómo te comunicas con Dios?
—Hablo con Él como si estuviera hablando con alguien más. Me responde una voz que no es la mía y con argumentos que no pienso. Desde que recuerdo he tenido esta comunicación. He preguntado a varias personas y ninguna me ha dicho que Dios le responde con palabras. Me han dicho que hablan con Él, pero no les responde, que sienten algo. Siempre había imaginado que todos nos comunicamos con Dios de la misma forma que yo, por lo tanto, nunca me cuestioné en torno a este modo de comunicación directa. La ocasión en que me di cuenta de ello fue cuando alguien muy cercano a mí vivió una ECM (Experiencia Cercana a la Muerte) y estuvo muy cerca de Dios (este tema lo dejaré para otro post).

Alejandro me cuestionó acerca de la manera de comunicarme con Dios:

—¿Lo escuchas?
—Sí.
—¿Responde si le preguntas algo?
—Casi siempre. Es como si estuviera hablando contigo.
—¿Lo ves?
—No.
—Eres la única persona que conozco que tiene esa oportunidad —me dijo—. Debes sentirte dichoso.
—Me siento dichoso y al mismo tiempo inquieto, porque me doy cuenta de que me suceden situaciones poco ordinarias, o tengo dones —o no sé cómo llamarlo— que pocos tienen, o al menos sé que pocos los tienen. Sé que me los dan para algo, eso lo siento, lo sé. Lo que no sé es para qué exactamente me los otorgaron. Debo tener una misión o algo parecido. Eso me tiene intranquilo. Sé que tengo que hacer algo, y pronto, porque sé, siento, que algo va a pasar dentro de poco tiempo, un acontecimiento que va a cambiar todo.

—Qué bueno, ya sabes que tienes una misión. Lo que vienes a hacer en esta vida lo vas a saber en su momento. Todo en su momento. Sólo pon atención en las señales, ellas te dirán cuál es la misión. Te puedo decir que la mía, mi misión, es lo que estoy haciendo aquí, contigo: venir a decirte que eres un enviado, un elegido. Venir a disipar las dudas que tienes. Ahora me doy cuenta de que esa es mi misión. Estos doce años que llevo estudiando libros sagrados, los estudié para darte testimonio de ello.

—No te voy a preguntar “¿por qué yo?”, “¿por qué a mí?”. Esto ya lo resolví y acepto a plenitud los dones otorgados y mi misión. Sólo que... no sé cómo decirlo... siempre pensé que los enviados por Dios, o los elegidos por Él, eran o son personas devotas, apegadas a la religión, o que su vida ha sido recatada. Yo no tengo nada de esto. Al contrario, he vivido disfrutando los placeres que encuentro, no soy asiduo a ir a la iglesia; es mas, no recuerdo la última vez que asistí a una ceremonia litúrgica. Bebo, fumo...

—Una cosa es lo que eres y haces, y otra lo que llevas dentro: tu alma, tu espíritu... tienes un alma vieja, con mucho conocimiento. Eres justo y sabio... —se quedó pensativo unos segundos, mirándome fijo a los ojos, y dijo—: Tzadik. Ese nombre es para ti y no lo digo yo. ¿Entiendes lo que te digo? ¿Que ese nombre yo no lo pensé o lo inventé?
—Sí, entiendo —le dije.
Tzadik es una palabra hebrea que quiere decir “el que es justo”, y para ser justo debes de ser sabio. Ese eres tú.

Durante toda la conversación, Alejandro me hablaba con versículos bíblicos y pasajes de la Torá, algunos en hebreo, que luego traducía. Era demasiada información para retenerla por completo, pero cada palabra quedó en mi alma.

Repentinamente se quedó callado y, mirándome a los ojos, me preguntó:

—¿Puedo hacer algo por ti?

Sin comprender, asentí. Frente a frente, apoyó las manos en mi cabeza e inició un canto en hebreo que duró alrededor de dos minutos. Al inicio mantuve los ojos cerrados esperando sentir algo o escuchar algo. Lo único que escuchaba era su voz. Abrí los ojos esperando encontrar algo distinto… nada, todo igual. Acabó su canto, bajó los brazos y me preguntó:

—¿Sentiste algo?
—No, nada —contesté.
—Espera, ya vas a sentir.

Seguimos platicando y, pasados quizá cinco minutos, inició la experiencia de mayor acercamiento con
—Dios,
—con la fuerza,
—con la energía,
—con la luz,
—con el todo... 

la mayor experiencia espiritual que había tenido hasta ese día...

miércoles, 23 de marzo de 2011

Despertar de la conciencia

Conciencia viene del latín conscientia que significa literalmente "con conocimiento" (cum scientia). Y según la RAE tiene varias acepciones: por un lado puede ser el conocimiento interior del bien y del mal; el conocimiento reflexivo de las cosas; la actividad mental a la que solo puede tener acceso el propio sujeto; el acto psíquico por que un sujeto se percibe a sí mismo en el mundo, etc. Pero la definición más aceptada viene a decir algo así como: capacidad o propiedad del ser humano (o espíritu humano) de verse y reconocerse con todas sus características, así como las modificaciones que experimenta y ser capaz de tener un juicio propio sobre todo ello. Podríamos entenderlo mejor si buscamos su opuesto, que es el inconsciente (y el subconsciente), es decir, todo lo contrario de conciencia: un perder el sentido, no darse cuenta, no estar presentes con nuestra atención, lo que todos conocemos por inconsciencia, lo cual no significa que no afecte a nuestro comportamiento, muy al contrario, al inconsciente van a parar los conflictos no resueltos.
La psicología distingue varios tipos de conciencia, veamos:
1. Conciencia individual: Es la conciencia de uno mismo pero en relación al entorno y como este lo puede perjudicar o favorecer, estableciéndose criterios de lo que es bueno o malo en este sentido. Da origen al instinto de supervivencia.
2. Conciencia social: Es como la anterior pero referida a los miembros de la comunidad, da como resultado el instinto de protección. Surge en el hombre la cooperación y la Inteligencia social.
3. Conciencia temporal o competente: Es una combinación de la conciencia individual y la social pero proyectada en el tiempo, mirando por el futuro. Es la llamada Inteligencia racional.
4. Conciencia emocional o empatía: Aquí entra en juego el deseo de no querer hacer daño emocional, con lo que se conjuga la conciencia de cómo el entorno, y la forma de actuar de uno mismo, puede afectar al estado emocional de la comunidad. Esto da nacimiento a la inteligencia emocional.

El despertar de la conciencia, es el tomar conciencia
De que estamos vivos
De quienes somos y hacia donde vamos
Tomar conciencia de que aparte de uno hay algo y alguien mas
El ser consiente de que todo lo que hacemos tiene una repercusión tanto dentro como fuera de mi
Y que el hacer un cambio se produce un cambio alrededor

Cuando hablamos de la necesidad de un despertar de la conciencia es porque estamos reconociendo que la conciencia de la humanidad se encuentra dormida y que la propia también y que es necesario un despertar para lograr cambios efectivos que son necesarios.

Ante todo, es necesario comprender que se está dormido, sólo cuando alguien se da cuenta cabal de que está dormido, entra realmente en el camino del despertar.
Quien llega a despertar, se hace entonces auto-consciente, adquiere Conciencia de sí mismo.

jueves, 7 de octubre de 2010

Las coincidencias no existen, es sincronicidad.

En el momento que dejé de ver las sanaciones como coincidencias, me di a la tarea de investigar sobre el tema y por arte de magia encontré y me enviaron información al respecto, esto es otra vez sincrónico, la información la encuentro o me llega de una forma casi instantanea y sin buscar mucho o sin haber pedido esta información. 
Encontré un libro que me llamó la atención, en una página argetina:  http://eleven11.com.ar/index.htm dense una vuelta por el sitio, quizá encontrarán algo de su interes, el libro que me interesó es de un quiropráctico estadounidense, "La Reconexión" Eric Pearl, que relata cómo inicio su proceso de poder sanar, es muy interesante y está escrito con un estilo coloquial, si tienes o quieres saber como sanar creo que deberías de leerlo, la página para descargarlo es:

http://www.megaupload.com/?d=9OUQZOXD

espero tus comentarios del libro.

Según Eric Pearl todos tenemos el Don de sanar.

 Te identificas con algunos de estos "sintomas" ?

Encuentro con personas del mismo grupo de almas.        Nos encontramos con una o varias personas con las cuales nos sentimos totalmente conectados o compenetrados. Sensación de corazón abierto, mucha emoción y deseos de fundirnos con el o los otros.

Encuentro con gemelos del mismo rayo. Nos encontramos con una persona de nuestro misma vibración, no nos importa su historia personal, hay una aceptación total.


Sueños muy placenteros. Nos despertamos con la sensación de haber estado en un lugar muy hermosos y con seres maravillosos, nos despertamos felices, la sensación se prolonga por el día.

Visualización de energía. Vemos flotando a nuestro alrededor esferas de colores, ORBS o geometrías de luz,  vemos los destellos de luz en el aura de otros.

 Sensación de sincronicidad. Todo fluye sincrónicamente, salimos a la calle. los semáforos todos en verde, siempre hay sitio para nuestro vehículo. Los relojes marcan 11.11 2:22 3:33 4:44 hasta 5:55, las placas de los carros también con números maestros. Pensamos en que necesitamos solucionar algo y se presenta sola la solución. Pensamos en alguien que queremos llamar o ver y se nos aparece. Todo fluye en sincronía, somos como el agua.

Confianza en que todo está bien. Actitud de observación. Mirar la realidad externa y a pesar de lo que vemos mantenemos la confianza internamente de que todo está bien, sentimiento de certeza absoluta.

Visualización y sensación de que todo se funde alrededor. La realidad común comienza a vibrar y se hace transparente, todo parece vivo. Sensación muy fuerte de Unidad, no hay separación en estos estados de vibración, nuestro cuerpo vibra con todo. Éxtasis.

Amor incondicional por todo y todos, necesidad de dar gracias. Nuestro corazón está abierto y nos sentimos amorosos con todo. Las lágrimas se saltan por cualquier cosa y nos sentimos vulnerables pero tranquilos. Todo es divino, todo es sagrado.

Experiencias extáticas espontáneas. En forma inesperada nuestro cuerpo físico nos regala una sensación de bienestar, nuestra Kundalini se pasea por todo el cuerpo y nos produce mucho placer.

Otros síntomas: Palpitaciones y dolor del corazón, ya que nuestros corazones están intentando dar cabida a una frecuencia de energía nueva y superior.
 Ojos irritados y visión borrosa, nuestros ojos se están ajustando para ver de un modo nuevo, en una dimensión más alta y una nueva realidad. Mientras estamos integrando y preparándonos para la siguiente fase de intensa energía en movimiento, nos volvemos muy letárgicos.
Puede ser casi imposible mantener los ojos abiertos durante el día y las siestas diarias pueden convertirse en un hábito regular y necesario.
Incluso si piensas que puedes hacer ejercicio para recuperar algo de energía, por lo general encuentras que caes muerto en el sofá por el mínimo esfuerzo.

Despertarse durante la noche entre las 2 y 4 de la mañana muy común !!!


Sudores nocturnos y bochornos. Durante ciertas fases de la ascensión, nuestros cuerpos de repente deciden que van a quemar los aspectos inferiores y más densos de nosotros mismos. Puedes despertar por la noche empapado en sudor o acalorarte mucho durante el día.

Sueños vívidos, salvajes y, en ocasiones, violentos. Estamos liberando muchas vidas de energía con vibración inferior a través de nuestros sueños. A través de este proceso, estamos liberando muchas cuestiones inconclusas así como también todas nuestras vidas pasadas.

Sensación de cosquilleo eléctrico en todo el cuerpo, especialmente en brazos y piernas, por la espalda y la columna vertebral, es la energía Kundalini despertando.

 Mareos y sensación de no estar en tierra.

Gripes, resfriados y virus repentinos, el cuerpo ha llegado a un nivel de sobresaturación y hace crisis. Entramos en una crisis curativa profunda que solo con descanso y mucho liquido debemos superar.

Diarreas y vómitos. También situación de tensión extrema. La resistencia al cambio hace que no toleremos nada en el cuerpo que no este en resonancia con la nueva vibración, así el cuerpo hace su propia limpieza. Tomar mucho agua es lo más recomendable.

La mayoría de las personas que pasan a través de este proceso y llegan al otro lado, tienen una nueva profesión, una nueva forma de pensar, o al menos comienzan una nueva forma de vida.
Aunque, sin embargo, ellos puedan sentirse realmente enfermos, cansados o a veces desesperados, esto es un regalo.

A todos aquellos que ya están experimentando estos cambios, se les ha dado la oportunidad de cambiar su estructura de ADN y su cuerpo a uno más luminoso, mas sano, que podrá verse notablemente en las próximas generaciones.



De ti depende si quieres seguir dormido y creyendo que lo que te sucede es una casualidad.

La casualidad no existe.

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