jueves, 7 de octubre de 2010

Las coincidencias no existen, es sincronicidad.

En el momento que dejé de ver las sanaciones como coincidencias, me di a la tarea de investigar sobre el tema y por arte de magia encontré y me enviaron información al respecto, esto es otra vez sincrónico, la información la encuentro o me llega de una forma casi instantanea y sin buscar mucho o sin haber pedido esta información. 
Encontré un libro que me llamó la atención, en una página argetina:  http://eleven11.com.ar/index.htm dense una vuelta por el sitio, quizá encontrarán algo de su interes, el libro que me interesó es de un quiropráctico estadounidense, "La Reconexión" Eric Pearl, que relata cómo inicio su proceso de poder sanar, es muy interesante y está escrito con un estilo coloquial, si tienes o quieres saber como sanar creo que deberías de leerlo, la página para descargarlo es:

http://www.megaupload.com/?d=9OUQZOXD

espero tus comentarios del libro.

Según Eric Pearl todos tenemos el Don de sanar.

 Te identificas con algunos de estos "sintomas" ?

Encuentro con personas del mismo grupo de almas.        Nos encontramos con una o varias personas con las cuales nos sentimos totalmente conectados o compenetrados. Sensación de corazón abierto, mucha emoción y deseos de fundirnos con el o los otros.

Encuentro con gemelos del mismo rayo. Nos encontramos con una persona de nuestro misma vibración, no nos importa su historia personal, hay una aceptación total.


Sueños muy placenteros. Nos despertamos con la sensación de haber estado en un lugar muy hermosos y con seres maravillosos, nos despertamos felices, la sensación se prolonga por el día.

Visualización de energía. Vemos flotando a nuestro alrededor esferas de colores, ORBS o geometrías de luz,  vemos los destellos de luz en el aura de otros.

 Sensación de sincronicidad. Todo fluye sincrónicamente, salimos a la calle. los semáforos todos en verde, siempre hay sitio para nuestro vehículo. Los relojes marcan 11.11 2:22 3:33 4:44 hasta 5:55, las placas de los carros también con números maestros. Pensamos en que necesitamos solucionar algo y se presenta sola la solución. Pensamos en alguien que queremos llamar o ver y se nos aparece. Todo fluye en sincronía, somos como el agua.

Confianza en que todo está bien. Actitud de observación. Mirar la realidad externa y a pesar de lo que vemos mantenemos la confianza internamente de que todo está bien, sentimiento de certeza absoluta.

Visualización y sensación de que todo se funde alrededor. La realidad común comienza a vibrar y se hace transparente, todo parece vivo. Sensación muy fuerte de Unidad, no hay separación en estos estados de vibración, nuestro cuerpo vibra con todo. Éxtasis.

Amor incondicional por todo y todos, necesidad de dar gracias. Nuestro corazón está abierto y nos sentimos amorosos con todo. Las lágrimas se saltan por cualquier cosa y nos sentimos vulnerables pero tranquilos. Todo es divino, todo es sagrado.

Experiencias extáticas espontáneas. En forma inesperada nuestro cuerpo físico nos regala una sensación de bienestar, nuestra Kundalini se pasea por todo el cuerpo y nos produce mucho placer.

Otros síntomas: Palpitaciones y dolor del corazón, ya que nuestros corazones están intentando dar cabida a una frecuencia de energía nueva y superior.
 Ojos irritados y visión borrosa, nuestros ojos se están ajustando para ver de un modo nuevo, en una dimensión más alta y una nueva realidad. Mientras estamos integrando y preparándonos para la siguiente fase de intensa energía en movimiento, nos volvemos muy letárgicos.
Puede ser casi imposible mantener los ojos abiertos durante el día y las siestas diarias pueden convertirse en un hábito regular y necesario.
Incluso si piensas que puedes hacer ejercicio para recuperar algo de energía, por lo general encuentras que caes muerto en el sofá por el mínimo esfuerzo.

Despertarse durante la noche entre las 2 y 4 de la mañana muy común !!!


Sudores nocturnos y bochornos. Durante ciertas fases de la ascensión, nuestros cuerpos de repente deciden que van a quemar los aspectos inferiores y más densos de nosotros mismos. Puedes despertar por la noche empapado en sudor o acalorarte mucho durante el día.

Sueños vívidos, salvajes y, en ocasiones, violentos. Estamos liberando muchas vidas de energía con vibración inferior a través de nuestros sueños. A través de este proceso, estamos liberando muchas cuestiones inconclusas así como también todas nuestras vidas pasadas.

Sensación de cosquilleo eléctrico en todo el cuerpo, especialmente en brazos y piernas, por la espalda y la columna vertebral, es la energía Kundalini despertando.

 Mareos y sensación de no estar en tierra.

Gripes, resfriados y virus repentinos, el cuerpo ha llegado a un nivel de sobresaturación y hace crisis. Entramos en una crisis curativa profunda que solo con descanso y mucho liquido debemos superar.

Diarreas y vómitos. También situación de tensión extrema. La resistencia al cambio hace que no toleremos nada en el cuerpo que no este en resonancia con la nueva vibración, así el cuerpo hace su propia limpieza. Tomar mucho agua es lo más recomendable.

La mayoría de las personas que pasan a través de este proceso y llegan al otro lado, tienen una nueva profesión, una nueva forma de pensar, o al menos comienzan una nueva forma de vida.
Aunque, sin embargo, ellos puedan sentirse realmente enfermos, cansados o a veces desesperados, esto es un regalo.

A todos aquellos que ya están experimentando estos cambios, se les ha dado la oportunidad de cambiar su estructura de ADN y su cuerpo a uno más luminoso, mas sano, que podrá verse notablemente en las próximas generaciones.



De ti depende si quieres seguir dormido y creyendo que lo que te sucede es una casualidad.

La casualidad no existe.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Lo que me ha pasado... y sigue pasando.

Sin saber cómo ni por qué, tenía la certeza de que yo —o alguno de mis hermanos— poseía un don. No un poder en sí mismo, sino algo más profundo: la capacidad de servir como vehículo para la sanación. Si me preguntaras qué me hacía tener tal convicción, no sabría darte una respuesta concreta. Simplemente lo sabía. Era una sensación imposible de explicar, como tener la respuesta a una pregunta sobre un tema que jamás has estudiado. Una certeza que brotaba de lo más profundo, sin lógica aparente.

La primera vez que percibí que, a través de mis manos, algo —que no era yo— podía aliviar el dolor de alguien, fue con una de mis hijas.

Aquella mañana salió al jardín donde yo me encontraba. Se acercó tocándose la frente con la mano derecha, con expresión de molestia.

—Me duele mucho la cabeza —me dijo, sin dramatismo, pero con incomodidad real.

Sin pensarlo, le pedí que cerrara los ojos. Permanecimos de pie, uno frente al otro. Coloqué mis manos a unos diez centímetros sobre su cabeza, y comencé a moverlas suavemente a su alrededor, en silencio, durante unos cuarenta segundos. No sabía lo que hacía… pero algo me guiaba. Cuando le pedí que abriera los ojos, me miró sorprendida.

—Se me quitó el dolor… Sentí como si flotara —dijo.

El malestar se había desvanecido. Y yo, lejos de sentirme con un Don, me quedé en silencio, preguntándome: ¿realmente había ocurrido algo a través de mí?

Al día siguiente, mi otra hija, de apenas siete años, se me acercó con el cuello inclinado hacia un lado. Le dolía. No era la primera vez: una especie de tortícolis por dormir en mala posición o algún movimiento brusco. En otras ocasiones, lo resolvimos con pomada de árnica y un poco de masaje. El malestar desaparecía en dos o tres días.

Esta vez fue distinto.

Le pedí que se sentara frente a mí y cerrara los ojos. Coloqué mi mano sobre la zona del cuello donde decía que dolía, sin tocarla. Al sentir la cercanía, ella levantó la mano y me preguntó qué estaba haciendo. Le respondí con tranquilidad:

—Sólo estoy acercando mi mano.

Se relajó. Mantuve mi mano en esa posición durante unos treinta segundos. Cuando le pedí que abriera los ojos y moviera el cuello, ya no sentía dolor alguno.

—¿Qué me hiciste? —preguntó, confundida.

No supe qué responderle. Porque yo mismo no tenía idea. Hasta el día de hoy no sé qué fluyó a través de mí. Solo sé que no fui yo. Fue algo más.

Mi sorpresa se mezcló con inquietud. Empecé a pensar que tal vez todo había sido una coincidencia. Solo eso.

Pero una semana después, ocurrió algo que ya no pude atribuir al azar.

Estaba en mi oficina cuando un compañero entró a saludarme. Caminaba con dificultad, casi arrastrando una pierna. Se notaba el dolor en cada paso.

—¿Qué te pasó? —pregunté, al ver su andar extraño.

Me explicó que sentía un dolor intenso, que le bajaba desde la cintura hasta la pierna. Caminaba dando pequeños brincos, incapaz de apoyar el pie.

En ese instante lo supe: si el alivio podía repetirse a través de mis manos, entonces ya no podía hablarse de casualidades.

—Vamos a tu oficina —le pedí.

—¿Para qué? —respondió, molesto. En ese estado, lo último que quería era caminar.

¿Qué podía decirle? ¿Que yo no curaba, pero algo podía hacerlo a través de mí? ¿Que iba a intentarlo? ¿Que él sería la tercer persona con dolor que...?

Le expliqué, de forma breve, lo que había ocurrido el fin de semana con mis hijas. Aceptó, aunque claramente escéptico.

Una vez en su oficina, le pedí que se sentara y se acomodara lo mejor que pudiera. No podía doblar la pierna por el dolor, así que la dejó estirada frente a él. Le pedí que cerrara los ojos. Pasé mis manos a unos centímetros de su cuerpo, sin tocarlo, durante aproximadamente un minuto. En silencio. Cuando le pedí que abriera los ojos, le dije que se levantara y diera unos pasos, y le hice una pregunta directa:

—En escala del uno al diez, ¿qué tanto te duele ahora?

—Antes era diez.  Ahora... tal vez tres —respondió, sorprendido dando unos pasos. Ya no arrastraba el pie. Caminaba, aunque con una leve molestia.

—Siento como esa sensación de dolor por una inyección después de algunos días —me explicó—. No es dolor, es como… un eco del dolor.

Le pedí que cerrara los ojos una vez más, de pie esta vez. Volví a mover las manos frente a él, sin tocarlo. Otro minuto. Cuando abrió los ojos, el dolor prácticamente había desaparecido.

—Uno en la escala. Casi nada —dijo. Caminó. Respiró hondo. Sonrió, incrédulo.

Pasó casi un mes y el dolor no regresó.

¿Coincidencia? Ya no lo creo.
No.
Ahora entiendo que mis manos no sanan, pero son una vía. Un canal. Algo fluye a través de ellas. Algo que no comprendo… pero que ocurre.

Todo pasa para algo.
Y nada, nada es casualidad.

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