Don Pedro.
Me encuentro en un bar al oriente de la ciudad. Todo fluye a la perfección: buena música, buen ambiente, buena compañía. La segunda copa apenas roza mis labios cuando siento la necesidad urgente de ir al baño. Me levanto y camino con prisa hacia los sanitarios.
Ya frente al mingitorio, un pensamiento me atraviesa como un relámpago: no saludé al encargado del baño. Giro ligeramente la cabeza y lo veo de reojo, él sentado en la entrada, junto a la puerta. Es un señor mayor, de rostro cansado. Repruebo mi olvido y me prometo que, al salir, me disculparé con él.
En ese instante, una imagen irrumpe en mi mente: el señor, con un bebé en brazos, o tal vez con un niño pequeño. Me desconcierta. Al lavarme las manos, lo observo por el espejo. La idea no tiene sentido... ¿cómo va a tener un hijo pequeño a esa edad?
Tomo la servilleta de papel que me extiende, y mientras seco mis manos, me disculpo por no haberlo saludado. Pero antes de poder callarme, algo en mí se adelanta a la razón.
—¿Va a tener un bebé? —le pregunto.
El hombre me mira fijamente, con una mezcla de desconfianza y sorpresa.
—¿Cómo cree, joven? ¿A mi edad?
Avergonzado, me acerco un poco más.
—Perdóneme, de verdad. No era mi intención incomodarlo.
—No se preocupe, no me molesta. Sí tengo hijos, pero ya grandes... también nietos. Aunque no los veo muy seguido.
Tal vez porque pocas personas se detienen a hablar con él, o porque simplemente le gusta platicar, comienza a contarme historias de sus hijos y nietos. Para escucharlo mejor, me pongo en cuclillas frente a él. Al moverme para apoyar el brazo sobre mi pierna, mi mano roza casi su rodilla derecha. En ese instante, una oleada de calor sube por mi palma... y una sutil estática la recorre.
Él sigue hablando. Yo lo miro a los ojos. Despacio, coloco la mano justo sobre su rodilla, sin tocarla. El calor regresa. La estática también.
Pasados un par de minutos, no puedo más. Lo interrumpo:
—¿Le duele algo?
Me observa, intentando descifrar mis intenciones. Quizá piensa que estoy borracho o simplemente loco. Pero no encuentra nada fuera de lugar en mi mirada.
—A mi edad ya duele todo —dice, con una sonrisa cansada.
—¿Pero dónde le duele más?
—Las rodillas, joven. Por eso estoy aquí sentado, me cuesta mucho levantarme.
—¿Puedo pedirle un favor?
—Claro. Dígame.
—Por favor, póngase de pie... y camine.
—¿Cómo dice? —su expresión cambia. De la sonrisa a la incredulidad.
Repite lo que le dije, como si necesitara asegurarse de que lo oyó bien.
- ¿Que me ponga de pie?
Luego, con cierta molestia:
—Está bien, joven...
Apoya sus manos en los descansabrazos y, con esfuerzo, se pone de pie. Da tres pasos. Me lanza una mirada de soslayo. Sacude la pierna derecha. Da otros pasos. Da vuelta... y sacude la pierna otra vez, camina de regreso.
Antes de llegar hasta la silla, en donde yo sigo de cuclillas, me pregunta casi gritando:
—¿Qué me hizo, joven? ¡¿Qué me hizo?!
—Siéntese, por favor.
Se sienta. Me clava su mirada en los ojos.
—¿Se le quitó el dolor de la rodilla? le pregunto.
—Sí... aún me duele, pero no como antes. La otra sí, esa sigue igual —dice, señalando su rodilla izquierda.
—¿Me permite acercar mis manos?
—Sí, pero por favor, dígame qué me está haciendo.
—¿Cómo se llama? —le pregunto para evitar contestarle, mientras acerco las palmas de mis manos a unos cinco centímetros de sus rodillas.
—Pedro García. Para servirle.
—¿Desde cuándo tiene ese dolor, Don Pedro?
Le hago más preguntas, evadiendo la suya. No tengo respuesta.
—Ya hace años... —responde—. Me dieron diclofenaco. Al principio ayudaba, ahora ya no tanto.
Mientras él me habla de médicos y medicinas, siento que el calor en mis manos disminuye. La estática también. Me pongo de pie.
—¿Puede levantarse otra vez, Don Pedro?
—Sí, joven. Mire, ahora me levanto sin agarrarme.
Y lo hace. Con facilidad. Camina. Sacude una pierna, luego la otra. Gira. Regresa.
—¡Mire, puedo caminar sin dolor! ¡Mire! —dice, emocionado, una sonrisa se dibuja en su rostro.
Yo lo miro, conmovido. Siento una paz inmensa. Una gratitud inexplicable.
—¿Qué me hizo?
—No lo sé. Sólo sé que esto... esto es para algo. Y usted debe saber para qué.
—Lo único que quiero es estar bien... por mi pequeña.
—¿Entonces sí tiene un bebé?
—No. Mi hija tiene 32 años. Pero nació con una deficiencia. Es como una niña de siete...
—¡Ella es su bebé, Don Pedro! ¡El bebé del que le hablé!.
Nos despedimos. Regreso a mi mesa con una alegría desbordante. En el escenario, una banda de rock comienza a tocar. El ambiente vibra. Todos bailan, cantan. Levanto los brazos al ritmo de la música, y entonces... siento de nuevo esa extraña sensación en las palmas: calor, estática. Una energía viva.
Bajo los brazos. Todo normal. Los dirijo hacia el escenario, nada. Luego hacia el público que baila debajo... y el calor vuelve con intensidad. Giro mis manos. Lo repito. Cada vez que las dirijo hacia la gente... la temperatura cambia.
Miro a mi alrededor, buscando alguna fuente de luz o calor. Nada. Las luces están dirigidas hacia el escenario.
Le cuento a una amiga lo que siento. Le pido que haga lo mismo. Nada.
—Pon tus palmas frente a las mías —le digo.
Lo hace, sin tocarme. Y en cuanto lo hace, da un pequeño grito y retira las manos.
—¿Qué pasó?
—Sentí... como toques.
—¿Toques?
—Sí. Como cuando pasas la mano por la pantalla del televisor. Como estática... pero más fuerte.
Lo pruebo con otro amigo. El mismo resultado.
Esa noche, comprendí algo: hay algo dentro de mí que no entiendo, pero está ahí. No sé cómo funciona. No sé por qué ocurre.
Pero sé... que es real.