—Y ahora sé para qué estoy aquí —me dijo—. Vengo a revelarte que eres un enviado de Dios en la Tierra. Él te ha escogido entre sus hijos para dar fe y testimonio de su palabra. Eres el medio, la luz, eres la silueta detrás de las sombras.
Apenas recuerdo a Alejandro. Lo conocí en la Ciudad de México. Era un joven de 15 o 16 años, alto, fuerte, con rostro de niño, con la sonrisa en todo momento. Ahora que lo vuelvo a ver, después de 20 años, es un hombre corpulento, con el mismo rostro de niño, pero con gesto duro. Las líneas de expresión parecieran cinceladas por los desvelos y preocupaciones, pero que, a la menor provocación, se convierten en ríos de alegría. Este niño es un ángel. Literalmente, es un ángel, un enviado de Dios, guardián de la Palabra, un hombre que obra milagros, humilde, sencillo, que hace doce años recibió la misión de dar a conocer la palabra divina y mostrar el camino a quienes están despertando, a los que comienzan a abrir los ojos hacia el renacimiento de la fe, hacia el despertar de la conciencia.
Alejandro estudia las Sagradas Escrituras y todo aquello que se relaciona con la palabra de Dios, sin ser practicante de religión alguna. Es un emisario al que se le confirió el don de hacer milagros. Un hombre amado por Dios, a quien se le otorgó la compleja tarea de descifrar su doctrina y revelarla a los hombres y mujeres escogidos.
A finales de enero de 2011 celebramos una reunión con familiares y amigos en casa. Por una "coincidencia", asistió Alejandro. Digo coincidencia, aunque empiezo a dudar que tal cosa exista. Él vive en el norte del país y esos día se encontraba en la Ciudad de México de vacaciones. Lo recibí con gusto, platicamos un breve momento. Durante la noche lo vi comiendo o charlando animadamente con alguien más. En algún momento, ya entrada la noche, lo noté dormitando en un sillón. Tomé un cojín y, cuidadosamente, le levanté un poco la cabeza y lo acomodé. Abrió los ojos, sorprendido, como si hubiese visto algo en mi rostro.
—Estoy bien así, de verdad, no te molestes —me dijo.
Me dio las gracias. No con palabras… con la mirada. Desde ese instante se levantó del sillón y creo que buscaba un momento para hablar conmigo.
Entrada la noche salí al estacionamiento a fumar y, a los pocos minutos, salió Alejandro. Comenzamos una conversación sobre la situación en Monterrey, la ciudad donde vive. Esa plática nos llevó a otra y me sentí muy cómodo hablando con él. Me dio la confianza de platicarle una situación que había sucedido un par de horas antes con unos amigos asistentes a la fiesta, ahí mismo, en casa...
Un amigo me pidió permiso para que Blanca, su esposa, se recostara en una habitación porque tenía un fuerte dolor de cabeza. Naturalmente accedí y los conduje a la habitación. Blanca se recostó y se cubrió los ojos con una mano para que la luz no le molestara. Cuando se recostó le pregunté:
—¿Padeces de migraña?
—Sí.
—¿Ya tomaste algo para el dolor?
—No, pero me están consiguiendo una pastilla.
En la habitación estábamos Blanca, su esposo y yo. Ella acostada de lado, con los ojos cerrados y la mano cubriéndolos. Su esposo, sentado a su lado en la cama, y yo, parado a los pies de la cama.
—¿Me permites acercar las manos a su cabeza? —le pregunté a su esposo.
—¿Para qué? —me contestó con un gesto de extrañeza.
—Quizá le ayude a aminorar el dolor.
Volvimos la mirada hacia Blanca y él, al verla con el gesto de dolor, asintió con la cabeza, aprobando mi petición.
Me acerqué a Blanca y le pregunté:
—¿En escala del 1 al 10, cuánto te duele?
—9 —contestó—, pero si no me tomo la pastilla rápido y dejo que siga el dolor, va a subir hasta 20.
Aproximé mis manos a 10 centímetros de su cabeza, sin tocarla. Por espacio de un minuto aproximadamente las dejé ahí. Cuando las retiré, le pedí que se sentara en la cama y abriera los ojos. Con ayuda de su esposo se incorporó y, al abrir los ojos, me preguntó:
—¿Qué me hiciste? —estaba verdaderamente sorprendida.
—Nada, sólo puse las manos sobre tu cabeza —su esposo lo confirmó asintiendo con la cabeza.
—¿Ahora, del 1 al 10, cuánto te duele?
—4
—¿Te sigue molestando la luz?
—No, ya no.
—¿Me permites volver a acercar las manos a tu cabeza para ver si baja más el dolor?
—Sí.
Le pedí que cerrara los ojos y coloqué nuevamente las manos sobre su cabeza, esta vez por aproximadamente un minuto y medio.
—Abre los ojos. Le pedí. -¿Ahora, del 1 al 10, de cuánto es el dolor?
—De 1. Siento la cabeza como dormida, como si fuera de esponja.
—¿Alguna vez se te había quitado tan rápido el dolor?
—No, nunca. Con las pastillas me tarda por lo menos media hora.
—¿Qué me hiciste? Me preguntó realmente asombrada.
—No sé, de verdad no sé. Sólo acerqué mis manos a tu cabeza.
Levanté la mirada y su esposo me estaba observando. Asentía con la cabeza.
Cuando terminé de relatarle a Alejandro lo que sucedió con Blanca, me miró con una mezcla de curiosidad y comprensión. Me preguntó cómo hice para que se le quitara ese dolor. Le dije lo mismo: ¡No sé!. Le relaté otras experiencias en torno a la sanación. En su mirada me di cuenta de que Alejandro tenía la mente abierta para poder compartirle también mis experiencias con personas que se encuentran en otro plano. Sin hacer preguntas, con un gesto tranquilo, me dejó hablar. Me miraba fijo a los ojos y, cuando terminé, me dijo:
—Ahora ya sé por qué vine, para qué estoy aquí.
—No entiendo —respondí.
—Yo no tenía planeado venir, no tenía dinero. Si te das cuenta, mi esposa y mis hijos no vienen conmigo. Ellos me insistieron mucho para que hiciera este viaje y ahora sé por qué, mi esposa, casi me sacó a empujones de la casa.
—Sigo sin entenderte. Le dije.
—Déjame primero decirte lo que he vivido… desde hace doce años yo estudio la Biblia, la Torá y otros libros sagrados. Y esto empezó sin darme cuenta. Un día me desperté con ganas de leer la Biblia y después ya era una imperiosa necesidad, una obsesión, algo o alguien que me mandaba hacerlo. Tiempo después supe que ese algo o alguien era Dios.
Supe que era cierto lo que Alejandro decía porque yo también siento esa voz. Esa presencia. Esa certeza. Y sólo la comparto con quienes sé que pueden comprenderla.
—¿Cómo se comunica Dios contigo? —le pregunté.
—Sólo sé que tengo que hacer ciertas cosas, como ir a algún lado, o llamar a alguien. Sólo lo siento.
—¿Y tú, cómo te comunicas con Dios?
—Hablo con Él como si estuviera hablando con alguien más. Me responde una voz que no es la mía y con argumentos que no pienso. Desde que recuerdo he tenido esta comunicación. He preguntado a varias personas y ninguna me ha dicho que Dios le responde con palabras. Me han dicho que hablan con Él, pero no les responde, que sienten algo. Siempre había imaginado que todos nos comunicamos con Dios de la misma forma que yo, por lo tanto, nunca me cuestioné en torno a este modo de comunicación directa. La ocasión en que me di cuenta de ello fue cuando alguien muy cercano a mí vivió una ECM (Experiencia Cercana a la Muerte) y estuvo muy cerca de Dios (este tema lo dejaré para otro post).
Alejandro me cuestionó acerca de la manera de comunicarme con Dios:
—¿Lo escuchas?
—Sí.
—¿Responde si le preguntas algo?
—Casi siempre. Es como si estuviera hablando contigo.
—¿Lo ves?
—No.
—Eres la única persona que conozco que tiene esa oportunidad —me dijo—. Debes sentirte dichoso.
—Me siento dichoso y al mismo tiempo inquieto, porque me doy cuenta de que me suceden situaciones poco ordinarias, o tengo dones —o no sé cómo llamarlo— que pocos tienen, o al menos sé que pocos los tienen. Sé que me los dan para algo, eso lo siento, lo sé. Lo que no sé es para qué exactamente me los otorgaron. Debo tener una misión o algo parecido. Eso me tiene intranquilo. Sé que tengo que hacer algo, y pronto, porque sé, siento, que algo va a pasar dentro de poco tiempo, un acontecimiento que va a cambiar todo.
—Qué bueno, ya sabes que tienes una misión. Lo que vienes a hacer en esta vida lo vas a saber en su momento. Todo en su momento. Sólo pon atención en las señales, ellas te dirán cuál es la misión. Te puedo decir que la mía, mi misión, es lo que estoy haciendo aquí, contigo: venir a decirte que eres un enviado, un elegido. Venir a disipar las dudas que tienes. Ahora me doy cuenta de que esa es mi misión. Estos doce años que llevo estudiando libros sagrados, los estudié para darte testimonio de ello.
—No te voy a preguntar “¿por qué yo?”, “¿por qué a mí?”. Esto ya lo resolví y acepto a plenitud los dones otorgados y mi misión. Sólo que... no sé cómo decirlo... siempre pensé que los enviados por Dios, o los elegidos por Él, eran o son personas devotas, apegadas a la religión, o que su vida ha sido recatada. Yo no tengo nada de esto. Al contrario, he vivido disfrutando los placeres que encuentro, no soy asiduo a ir a la iglesia; es mas, no recuerdo la última vez que asistí a una ceremonia litúrgica. Bebo, fumo...
—Una cosa es lo que eres y haces, y otra lo que llevas dentro: tu alma, tu espíritu... tienes un alma vieja, con mucho conocimiento. Eres justo y sabio... —se quedó pensativo unos segundos, mirándome fijo a los ojos, y dijo—: Tzadik. Ese nombre es para ti y no lo digo yo. ¿Entiendes lo que te digo? ¿Que ese nombre yo no lo pensé o lo inventé?
—Sí, entiendo —le dije.
—Tzadik es una palabra hebrea que quiere decir “el que es justo”, y para ser justo debes de ser sabio. Ese eres tú.
Durante toda la conversación, Alejandro me hablaba con versículos bíblicos y pasajes de la Torá, algunos en hebreo, que luego traducía. Era demasiada información para retenerla por completo, pero cada palabra quedó en mi alma.
Repentinamente se quedó callado y, mirándome a los ojos, me preguntó:
—¿Puedo hacer algo por ti?
Sin comprender, asentí. Frente a frente, apoyó las manos en mi cabeza e inició un canto en hebreo que duró alrededor de dos minutos. Al inicio mantuve los ojos cerrados esperando sentir algo o escuchar algo. Lo único que escuchaba era su voz. Abrí los ojos esperando encontrar algo distinto… nada, todo igual. Acabó su canto, bajó los brazos y me preguntó:
—¿Sentiste algo?
—No, nada —contesté.
—Espera, ya vas a sentir.
Seguimos platicando y, pasados quizá cinco minutos, inició la experiencia de mayor acercamiento con
—Dios,
—con la fuerza,
—con la energía,
—con la luz,
—con el todo...
la mayor experiencia espiritual que había tenido hasta ese día...
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