viernes, 2 de mayo de 2025

Alejandro 3 años después.

-... ya es tiempo que dejes de estar bajo las sombra del árbol y te conviertas en el árbol que dará sombra y protección a alguien más, Tú debes de dejar la esclavitud del trabajo, tu lugar está en tu casa con los tuyos.   
Esas palabras me las dijo Alejandro después de tres años sin vernos. Y, sin embargo, fue como si el tiempo no hubiera pasado. Sentí que lo había visto apenas el fin de semana anterior. Me hablaba como si estuviéramos retomando una conversación interrumpida, como si continuáramos justo donde la dejamos… hace tres años. Como si, para él también, el tiempo se hubiera detenido.

Durante todo ese tiempo no hubo una sola llamada, un mensaje, nada. Ningún tipo de contacto. Y apenas ahora empiezo a comprender por qué… y para qué.

No era un abandono. Era parte del camino.

En ese lapso, yo tenía que recorrer mi propio sendero. Aplicar sus enseñanzas. Aprender por mis propios medios, sin ayuda, sin su voz guiándome, sin sus ojos observando mis pasos. Tenía que enfrentarme solo a todo… y luego ser testimonio viviente de ese proceso.

Alejandro no se había alejado. Solo me había dejado espacio para encontrarme.


Después de tres años, nos reencontramos en una pequeña reunión. Él ya me había llamado para decirme que iba a estar en la ciudad, que quería verme, y yo también tenía infinitas ganas de verlo.

Cuando llegamos a la reunión, la verdad es que no pudimos platicar mucho. Llegaron amigos que se fueron uniendo a la conversación, y la charla que tanto deseábamos tener, tanto él como yo, simplemente no se dio. El tema que queríamos hablar quizá no era para todos, al menos no en ese momento, o eso creía yo.

Cuando por fin pudimos estar un momento a solas, le pedí que nos viéramos al día siguiente. Lo invité a comer y le dije que pasaría por él a la una de la tarde. Y así fue. Al otro día, a la hora acordada, yo estaba muy emocionado, ilusionado por verlo, por poder platicar con él.

Pasé por él a la casa de unos amigos, donde se estaba quedando desde que regresó a la Ciudad de México. Fuimos a un lugar tranquilo, en el centro de la ciudad. Más que alimentar el cuerpo, lo que yo quería era alimentar el alma con sus palabras.

Ese día volvió a hablarme sobre el nombre que me había dado años atrás; Tzadik. Me repitió, con mucha claridad, que él no me había dado ese nombre por casualidad. Me habló mucho sobre sí mismo, sobre su historia, sobre lo que había vivido… y cada vez me sorprendía más. Me contó que había sido misionero para distintas religiones y que en algunas de esas misiones vivió cosas que, honestamente, serían difíciles de creer si no vinieran de él.

Estar ahí con él era como estar dentro de una burbuja. Como si nadie más nos viera, como si fuéramos invisibles para el mundo. Podíamos hablar fuerte, reír, llorar… y nadie nos volteaba a ver, nadie parecía notar nuestra presencia. Era como si el tiempo y el espacio nos protegieran.

Lloramos. Nos tomamos de las manos. Como ya me había pasado antes, empecé a hablar… pero no era yo. Las palabras que salían de mi boca no eran mías. Eran de alguien más, solo para él. Le pregunté si entendía lo que le estaba diciendo, y él asentía con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas.

Recuerdo haberle dicho algo, no sé qué exactamente… pero sí recuerdo claramente cuando él me respondió:
Ya quiero irme a casa… Ya quiero regresar a casa.

En ese momento lo escuché, como si volviera en sí.  Estaba llorando. Me dijo que esta no era su casa que el venía de otro mundo, de otro lugar en el universo. Lo dejé que llorara. Cuando se calmó, le dije:
Me dicen que hay una palabra para ti.

No recuerdo qué palabra era. Solo recuerdo que él me tomó de las manos, con lagrimas en los ojos y una sonrisa en los labios me dijo:
Gracias.

Estuvimos ahí como cuatro horas, pero para nosotros fueron apenas diez minutos.


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