Habían pasado cinco minutos. Seguíamos platicando, pero algo dentro de mí empezaba a cambiar. Una sensación extraña, una paz profunda, casi sobrenatural, comenzó a recorrerme. Estábamos afuera, en plena madrugada, más de la 1 a. m., y sin embargo… no sentía frío. Escuchaba a Alejandro con atención, sí, pero al mismo tiempo, algo más poderoso me atravesaba. Mi mano derecha, sin pensarlo, comenzó a frotar mi antebrazo izquierdo, como si quisiera generar calor... o tal vez consuelo.
Entonces ocurrió.
Sin darme cuenta, tenía ambas manos cruzadas en un abrazo: la derecha en mi antebrazo izquierdo, la izquierda en el derecho. Un autoabrazo. Y en ese instante, algo me invadió con una fuerza abrumadora. Una felicidad tan intensa que me dejó sin aliento. Veía los labios de Alejandro moverse, pero no oía nada. Era como si me hubieran desconectado del mundo exterior. Cerré los ojos… y ahí estaba. Un espacio blanco, puro, infinito. Un limbo.
Algo que jamás había sentido tomó posesión de mí. No era solo una emoción: era alegría, ternura, amor, energía, tranquilidad… todo a la vez, fundido en un solo sentimiento. Y entonces lo supe: esos brazos que me abrazaban, que me apretaban con dulzura, no eran míos.
El desconcierto me estremeció.
Eran otros brazos. Alguien más me sostenía. Y me reconfortaban como nunca antes nadie lo había hecho. Lloraba. No de tristeza, sino de una emoción tan profunda que no cabía en mi pecho.
Solté el abrazo. Necesitaba tocarme el rostro. Algo me decía que debía hacerlo. Llevé mis manos a mis mejillas… y lo confirmé: no eran mis manos. Las coloqué como siempre lo haría —mano derecha en mejilla derecha, izquierda en la izquierda— pero no sentí nada especial. Entonces crucé las manos, derecha en la mejilla izquierda y viceversa… y la magia volvió.
Era como si alguien estuviera frente a mí, tocándome, acariciándome con una ternura inhumana. Besé mis manos, pero en mi interior sabía que no eran mías. Eran sus manos. Le di las gracias a Dios, con lágrimas que brotaban como un niño. Me dejé llevar, sintiendo esas caricias que parecían no tener fin. No sé cuánto tiempo pasó.
La intensidad bajó poco a poco. Abrí los ojos. Frente a mí, Alejandro me miraba con ternura. Se acercó y me abrazó fuerte, en silencio. Cuando se separó, me miró sonriendo y dijo:
—Ya ves que sí sentiste.
Le devolví la sonrisa. Solo pude dar las gracias. A él... y a Dios. Me habían regalado algo inmenso, algo que no sabía que se podía sentir.
Más tarde, ya más tranquilo, Alejandro dijo que debía irse. Miré el reloj. Eran casi las 6 a. m. El cielo empezaba a aclararse. No podía creerlo: habíamos hablado casi cinco horas.
Me ofrecí a llevarlo. Mientras conducía por una avenida hacia el oriente, las montañas en el horizonte comenzaban a delinearse con los primeros trazos del amanecer. Detuve el auto.
—Mira lo que nos va a regalar —dije, señalando las montañas.
El sol aún no salía, pero su luz hervía sobre el filo de las cumbres. Era como si algo detrás de esas rocas ardiera con impaciencia. Un efecto hipnótico, casi místico. Quise resaltar ese momento, porque justo mientras le señalaba a Alejandro el lugar, eso ocurría: la luz parecía latir, temblar… esperar.
Alejandro cerró los ojos. Comenzó a entonar un canto en hebreo. Su voz, suave pero firme, flotaba en el aire. Cantó por cerca de dos minutos. El sol seguía oculto.
Yo no apartaba la vista del horizonte.
Cuando terminó, abrió los ojos, me miró profundamente, y alzando la mano hacia el cielo, dijo con una certeza que me heló la sangre:
—Ahora sí, ya puede salir.
Y justo en ese instante exacto, el sol emergió detrás de las montañas.