jueves, 31 de marzo de 2011

Don Pedro

Don Pedro.

Me encuentro en un bar al oriente de la ciudad. Todo fluye a la perfección: buena música, buen ambiente, buena compañía. La segunda copa apenas roza mis labios cuando siento la necesidad urgente de ir al baño. Me levanto y camino con prisa hacia los sanitarios.

Ya frente al mingitorio, un pensamiento me atraviesa como un relámpago: no saludé al encargado del baño. Giro ligeramente la cabeza y lo veo de reojo, él sentado en la entrada, junto a la puerta. Es un señor mayor, de rostro cansado. Repruebo mi olvido y me prometo que, al salir, me disculparé con él.

En ese instante, una imagen irrumpe en mi mente: el señor, con un bebé en brazos, o tal vez con un niño pequeño. Me desconcierta. Al lavarme las manos, lo observo por el espejo. La idea no tiene sentido... ¿cómo va a tener un hijo pequeño a esa edad?

Tomo la servilleta de papel que me extiende, y mientras seco mis manos, me disculpo por no haberlo saludado. Pero antes de poder callarme, algo en mí se adelanta a la razón.

—¿Va a tener un bebé? —le pregunto.

El hombre me mira fijamente, con una mezcla de desconfianza y sorpresa.

—¿Cómo cree, joven? ¿A mi edad?

Avergonzado, me acerco un poco más.

—Perdóneme, de verdad. No era mi intención incomodarlo.

—No se preocupe, no me molesta. Sí tengo hijos, pero ya grandes... también nietos. Aunque no los veo muy seguido.

Tal vez porque pocas personas se detienen a hablar con él, o porque simplemente le gusta platicar, comienza a contarme historias de sus hijos y nietos. Para escucharlo mejor, me pongo en cuclillas frente a él. Al moverme para apoyar el brazo sobre mi pierna, mi mano roza casi su rodilla derecha. En ese instante, una oleada de calor sube por mi palma... y una sutil estática la recorre.

Él sigue hablando. Yo lo miro a los ojos. Despacio, coloco la mano justo sobre su rodilla, sin tocarla. El calor regresa. La estática también.

Pasados un par de minutos, no puedo más. Lo interrumpo:

—¿Le duele algo?

Me observa, intentando descifrar mis intenciones. Quizá piensa que estoy borracho o simplemente loco. Pero no encuentra nada fuera de lugar en mi mirada.

—A mi edad ya duele todo —dice, con una sonrisa cansada.

—¿Pero dónde le duele más?

—Las rodillas, joven. Por eso estoy aquí sentado, me cuesta mucho levantarme.

—¿Puedo pedirle un favor?

—Claro. Dígame.

—Por favor, póngase de pie... y camine.

—¿Cómo dice? —su expresión cambia. De la sonrisa a la incredulidad.

Repite lo que le dije, como si necesitara asegurarse de que lo oyó bien. 

- ¿Que me ponga de pie?

Luego, con cierta molestia:

—Está bien, joven...

Apoya sus manos en los descansabrazos y, con esfuerzo, se pone de pie. Da tres pasos. Me lanza una mirada de soslayo. Sacude la pierna derecha. Da otros pasos. Da vuelta... y sacude la pierna otra vez, camina de regreso.

Antes de llegar hasta la silla, en donde yo sigo de cuclillas, me pregunta casi gritando:

—¿Qué me hizo, joven? ¡¿Qué me hizo?!

—Siéntese, por favor.

Se sienta. Me clava su mirada en los ojos.

—¿Se le quitó el dolor de la rodilla? le pregunto.

—Sí... aún me duele, pero no como antes. La otra sí, esa sigue igual —dice, señalando su rodilla izquierda.

—¿Me permite acercar mis manos?

—Sí, pero por favor, dígame qué me está haciendo.

—¿Cómo se llama? —le pregunto para evitar contestarle, mientras acerco las palmas de mis manos a unos cinco centímetros de sus rodillas.

—Pedro García. Para servirle.

—¿Desde cuándo tiene ese dolor, Don Pedro?

Le hago más preguntas, evadiendo la suya. No tengo respuesta.

—Ya hace años... —responde—. Me dieron diclofenaco. Al principio ayudaba, ahora ya no tanto.

Mientras él me habla de médicos y medicinas, siento que el calor en mis manos disminuye. La estática también. Me pongo de pie.

—¿Puede levantarse otra vez, Don Pedro?

—Sí, joven. Mire, ahora me levanto sin agarrarme.

Y lo hace. Con facilidad. Camina. Sacude una pierna, luego la otra. Gira. Regresa.

—¡Mire, puedo caminar sin dolor! ¡Mire! —dice, emocionado, una sonrisa se dibuja en su rostro.

Yo lo miro, conmovido. Siento una paz inmensa. Una gratitud inexplicable.

—¿Qué me hizo?

—No lo sé. Sólo sé que esto... esto es para algo. Y usted debe saber para qué.

—Lo único que quiero es estar bien... por mi pequeña.

—¿Entonces sí tiene un bebé?

—No. Mi hija tiene 32 años. Pero nació con una deficiencia. Es como una niña de siete...

—¡Ella es su bebé, Don Pedro! ¡El bebé del que le hablé!.

Nos despedimos. Regreso a mi mesa con una alegría desbordante. En el escenario, una banda de rock comienza a tocar. El ambiente vibra. Todos bailan, cantan. Levanto los brazos al ritmo de la música, y entonces... siento de nuevo esa extraña sensación en las palmas: calor, estática. Una energía viva.

Bajo los brazos. Todo normal. Los dirijo hacia el escenario, nada. Luego hacia el público que baila debajo... y el calor vuelve con intensidad. Giro mis manos. Lo repito. Cada vez que las dirijo hacia la gente... la temperatura cambia.

Miro a mi alrededor, buscando alguna fuente de luz o calor. Nada. Las luces están dirigidas hacia el escenario.

Le cuento a una amiga lo que siento. Le pido que haga lo mismo. Nada.

—Pon tus palmas frente a las mías —le digo.

Lo hace, sin tocarme. Y en cuanto lo hace, da un pequeño grito y retira las manos.

—¿Qué pasó?

—Sentí... como toques.

—¿Toques?

—Sí. Como cuando pasas la mano por la pantalla del televisor. Como estática... pero más fuerte.

Lo pruebo con otro amigo. El mismo resultado.

Esa noche, comprendí algo: hay algo dentro de mí que no entiendo, pero está ahí. No sé cómo funciona. No sé por qué ocurre.
Pero sé... que es real.


viernes, 25 de marzo de 2011

Tzadik parte 1

—Y ahora sé para qué estoy aquí —me dijo—. Vengo a revelarte que eres un enviado de Dios en la Tierra. Él te ha escogido entre sus hijos para dar fe y testimonio de su palabra. Eres el medio, la luz, eres la silueta detrás de las sombras.

Apenas recuerdo a Alejandro. Lo conocí en la Ciudad de México. Era un joven de 15 o 16 años, alto, fuerte, con rostro de niño, con la sonrisa en todo momento. Ahora que lo vuelvo a ver, después de 20 años, es un hombre corpulento, con el mismo rostro de niño, pero con gesto duro. Las líneas de expresión parecieran cinceladas por los desvelos y preocupaciones, pero que, a la menor provocación, se convierten en ríos de alegría. Este niño es un ángel. Literalmente, es un ángel, un enviado de Dios, guardián de la Palabra, un hombre que obra milagros, humilde, sencillo, que hace doce años recibió la misión de dar a conocer la palabra divina y mostrar el camino a quienes están despertando, a los que comienzan a abrir los ojos hacia el renacimiento de la fe, hacia el despertar de la conciencia. 

Alejandro estudia las Sagradas Escrituras y todo aquello que se relaciona con la palabra de Dios, sin ser practicante de religión alguna. Es un emisario al que se le confirió el don de hacer milagros. Un hombre amado por Dios, a quien se le otorgó la compleja tarea de descifrar su doctrina y revelarla a los hombres y mujeres escogidos.

A finales de enero de 2011 celebramos una reunión con familiares y amigos en casa. Por una "coincidencia", asistió Alejandro. Digo coincidencia, aunque empiezo a dudar que tal cosa exista. Él vive en el norte del país y esos día se encontraba en la Ciudad de México de vacaciones. Lo recibí con gusto, platicamos un breve momento. Durante la noche lo vi comiendo o charlando animadamente con alguien más. En algún momento, ya entrada la noche, lo noté dormitando en un sillón. Tomé un cojín y, cuidadosamente, le levanté un poco la cabeza y lo acomodé. Abrió los ojos, sorprendido, como si hubiese visto algo en mi rostro.

—Estoy bien así, de verdad, no te molestes —me dijo.

Me dio las gracias.  No con palabras… con la mirada.  Desde ese instante se levantó del sillón y creo que buscaba un momento para hablar conmigo.

Entrada la noche salí al estacionamiento a fumar y, a los pocos minutos, salió Alejandro. Comenzamos una conversación sobre la situación en Monterrey, la ciudad donde vive. Esa plática nos llevó a otra y me sentí muy cómodo hablando con él. Me dio la confianza de platicarle una situación que había sucedido un par de horas antes con unos amigos asistentes a la fiesta, ahí mismo, en casa...

Un amigo me pidió permiso para que Blanca, su esposa, se recostara en una habitación porque tenía un fuerte dolor de cabeza. Naturalmente accedí y los conduje a la habitación. Blanca se recostó y se cubrió los ojos con una mano para que la luz no le molestara. Cuando se recostó le pregunté:

—¿Padeces de migraña?
—Sí.
—¿Ya tomaste algo para el dolor?
—No, pero me están consiguiendo una pastilla.

En la habitación estábamos Blanca, su esposo y yo. Ella acostada de lado, con los ojos cerrados y la mano cubriéndolos. Su esposo, sentado a su lado en la cama, y yo, parado a los pies de la cama.

—¿Me permites acercar las manos a su cabeza? —le pregunté a su esposo.
—¿Para qué? —me contestó con un gesto de extrañeza.
—Quizá le ayude a aminorar el dolor.

Volvimos la mirada hacia Blanca y él, al verla con el gesto de dolor, asintió con la cabeza, aprobando mi petición.

Me acerqué a Blanca y le pregunté:

—¿En escala del 1 al 10, cuánto te duele?
—9 —contestó—, pero si no me tomo la pastilla rápido y dejo que siga el dolor, va a subir hasta 20.

Aproximé mis manos a 10 centímetros de su cabeza, sin tocarla. Por espacio de un minuto aproximadamente las dejé ahí. Cuando las retiré, le pedí que se sentara en la cama y abriera los ojos. Con ayuda de su esposo se incorporó y, al abrir los ojos, me preguntó:

—¿Qué me hiciste? —estaba verdaderamente sorprendida.
—Nada, sólo puse las manos sobre tu cabeza —su esposo lo confirmó asintiendo con la cabeza.
—¿Ahora, del 1 al 10, cuánto te duele?
—4
—¿Te sigue molestando la luz?
—No, ya no.
—¿Me permites volver a acercar las manos a tu cabeza para ver si baja más el dolor?
—Sí.

Le pedí que cerrara los ojos y coloqué nuevamente las manos sobre su cabeza, esta vez por aproximadamente un minuto y medio.

—Abre los ojos. Le pedí.  -¿Ahora, del 1 al 10, de cuánto es el dolor?
—De 1. Siento la cabeza como dormida, como si fuera de esponja.
—¿Alguna vez se te había quitado tan rápido el dolor?
—No, nunca. Con las pastillas me tarda por lo menos media hora.
—¿Qué me hiciste? Me preguntó realmente asombrada.
—No sé, de verdad no sé.  Sólo acerqué mis manos a tu cabeza.

Levanté la mirada y su esposo me estaba observando. Asentía con la cabeza.

Cuando terminé de relatarle a Alejandro lo que sucedió con Blanca, me miró con una mezcla de curiosidad y comprensión. Me preguntó cómo hice para que se le quitara ese dolor. Le dije lo mismo: ¡No sé!.  Le relaté otras experiencias en torno a la sanación. En su mirada me di cuenta de que Alejandro tenía la mente abierta para poder compartirle también mis experiencias con personas que se encuentran en otro plano. Sin hacer preguntas, con un gesto tranquilo, me dejó hablar. Me miraba fijo a los ojos y, cuando terminé, me dijo:

—Ahora ya sé por qué vine, para qué estoy aquí.
—No entiendo —respondí.
—Yo no tenía planeado venir, no tenía dinero. Si te das cuenta, mi esposa y mis hijos no vienen conmigo. Ellos me insistieron mucho para que hiciera este viaje y ahora sé por qué, mi esposa, casi me sacó a empujones de la casa.
—Sigo sin entenderte. Le dije.
—Déjame primero decirte lo que he vivido… desde hace doce años yo estudio la Biblia, la Torá y otros libros sagrados. Y esto empezó sin darme cuenta. Un día me desperté con ganas de leer la Biblia y después ya era una imperiosa necesidad, una obsesión, algo o alguien que me mandaba hacerlo. Tiempo después supe que ese algo o alguien era Dios.

Supe que era cierto lo que Alejandro decía porque yo también siento esa voz. Esa presencia. Esa certeza. Y sólo la comparto con quienes sé que pueden comprenderla.

—¿Cómo se comunica Dios contigo? —le pregunté.
—Sólo sé que tengo que hacer ciertas cosas, como ir a algún lado, o llamar a alguien. Sólo lo siento.
—¿Y tú, cómo te comunicas con Dios?
—Hablo con Él como si estuviera hablando con alguien más. Me responde una voz que no es la mía y con argumentos que no pienso. Desde que recuerdo he tenido esta comunicación. He preguntado a varias personas y ninguna me ha dicho que Dios le responde con palabras. Me han dicho que hablan con Él, pero no les responde, que sienten algo. Siempre había imaginado que todos nos comunicamos con Dios de la misma forma que yo, por lo tanto, nunca me cuestioné en torno a este modo de comunicación directa. La ocasión en que me di cuenta de ello fue cuando alguien muy cercano a mí vivió una ECM (Experiencia Cercana a la Muerte) y estuvo muy cerca de Dios (este tema lo dejaré para otro post).

Alejandro me cuestionó acerca de la manera de comunicarme con Dios:

—¿Lo escuchas?
—Sí.
—¿Responde si le preguntas algo?
—Casi siempre. Es como si estuviera hablando contigo.
—¿Lo ves?
—No.
—Eres la única persona que conozco que tiene esa oportunidad —me dijo—. Debes sentirte dichoso.
—Me siento dichoso y al mismo tiempo inquieto, porque me doy cuenta de que me suceden situaciones poco ordinarias, o tengo dones —o no sé cómo llamarlo— que pocos tienen, o al menos sé que pocos los tienen. Sé que me los dan para algo, eso lo siento, lo sé. Lo que no sé es para qué exactamente me los otorgaron. Debo tener una misión o algo parecido. Eso me tiene intranquilo. Sé que tengo que hacer algo, y pronto, porque sé, siento, que algo va a pasar dentro de poco tiempo, un acontecimiento que va a cambiar todo.

—Qué bueno, ya sabes que tienes una misión. Lo que vienes a hacer en esta vida lo vas a saber en su momento. Todo en su momento. Sólo pon atención en las señales, ellas te dirán cuál es la misión. Te puedo decir que la mía, mi misión, es lo que estoy haciendo aquí, contigo: venir a decirte que eres un enviado, un elegido. Venir a disipar las dudas que tienes. Ahora me doy cuenta de que esa es mi misión. Estos doce años que llevo estudiando libros sagrados, los estudié para darte testimonio de ello.

—No te voy a preguntar “¿por qué yo?”, “¿por qué a mí?”. Esto ya lo resolví y acepto a plenitud los dones otorgados y mi misión. Sólo que... no sé cómo decirlo... siempre pensé que los enviados por Dios, o los elegidos por Él, eran o son personas devotas, apegadas a la religión, o que su vida ha sido recatada. Yo no tengo nada de esto. Al contrario, he vivido disfrutando los placeres que encuentro, no soy asiduo a ir a la iglesia; es mas, no recuerdo la última vez que asistí a una ceremonia litúrgica. Bebo, fumo...

—Una cosa es lo que eres y haces, y otra lo que llevas dentro: tu alma, tu espíritu... tienes un alma vieja, con mucho conocimiento. Eres justo y sabio... —se quedó pensativo unos segundos, mirándome fijo a los ojos, y dijo—: Tzadik. Ese nombre es para ti y no lo digo yo. ¿Entiendes lo que te digo? ¿Que ese nombre yo no lo pensé o lo inventé?
—Sí, entiendo —le dije.
Tzadik es una palabra hebrea que quiere decir “el que es justo”, y para ser justo debes de ser sabio. Ese eres tú.

Durante toda la conversación, Alejandro me hablaba con versículos bíblicos y pasajes de la Torá, algunos en hebreo, que luego traducía. Era demasiada información para retenerla por completo, pero cada palabra quedó en mi alma.

Repentinamente se quedó callado y, mirándome a los ojos, me preguntó:

—¿Puedo hacer algo por ti?

Sin comprender, asentí. Frente a frente, apoyó las manos en mi cabeza e inició un canto en hebreo que duró alrededor de dos minutos. Al inicio mantuve los ojos cerrados esperando sentir algo o escuchar algo. Lo único que escuchaba era su voz. Abrí los ojos esperando encontrar algo distinto… nada, todo igual. Acabó su canto, bajó los brazos y me preguntó:

—¿Sentiste algo?
—No, nada —contesté.
—Espera, ya vas a sentir.

Seguimos platicando y, pasados quizá cinco minutos, inició la experiencia de mayor acercamiento con
—Dios,
—con la fuerza,
—con la energía,
—con la luz,
—con el todo... 

la mayor experiencia espiritual que había tenido hasta ese día...

miércoles, 23 de marzo de 2011

Despertar de la conciencia

Conciencia viene del latín conscientia que significa literalmente "con conocimiento" (cum scientia). Y según la RAE tiene varias acepciones: por un lado puede ser el conocimiento interior del bien y del mal; el conocimiento reflexivo de las cosas; la actividad mental a la que solo puede tener acceso el propio sujeto; el acto psíquico por que un sujeto se percibe a sí mismo en el mundo, etc. Pero la definición más aceptada viene a decir algo así como: capacidad o propiedad del ser humano (o espíritu humano) de verse y reconocerse con todas sus características, así como las modificaciones que experimenta y ser capaz de tener un juicio propio sobre todo ello. Podríamos entenderlo mejor si buscamos su opuesto, que es el inconsciente (y el subconsciente), es decir, todo lo contrario de conciencia: un perder el sentido, no darse cuenta, no estar presentes con nuestra atención, lo que todos conocemos por inconsciencia, lo cual no significa que no afecte a nuestro comportamiento, muy al contrario, al inconsciente van a parar los conflictos no resueltos.
La psicología distingue varios tipos de conciencia, veamos:
1. Conciencia individual: Es la conciencia de uno mismo pero en relación al entorno y como este lo puede perjudicar o favorecer, estableciéndose criterios de lo que es bueno o malo en este sentido. Da origen al instinto de supervivencia.
2. Conciencia social: Es como la anterior pero referida a los miembros de la comunidad, da como resultado el instinto de protección. Surge en el hombre la cooperación y la Inteligencia social.
3. Conciencia temporal o competente: Es una combinación de la conciencia individual y la social pero proyectada en el tiempo, mirando por el futuro. Es la llamada Inteligencia racional.
4. Conciencia emocional o empatía: Aquí entra en juego el deseo de no querer hacer daño emocional, con lo que se conjuga la conciencia de cómo el entorno, y la forma de actuar de uno mismo, puede afectar al estado emocional de la comunidad. Esto da nacimiento a la inteligencia emocional.

El despertar de la conciencia, es el tomar conciencia
De que estamos vivos
De quienes somos y hacia donde vamos
Tomar conciencia de que aparte de uno hay algo y alguien mas
El ser consiente de que todo lo que hacemos tiene una repercusión tanto dentro como fuera de mi
Y que el hacer un cambio se produce un cambio alrededor

Cuando hablamos de la necesidad de un despertar de la conciencia es porque estamos reconociendo que la conciencia de la humanidad se encuentra dormida y que la propia también y que es necesario un despertar para lograr cambios efectivos que son necesarios.

Ante todo, es necesario comprender que se está dormido, sólo cuando alguien se da cuenta cabal de que está dormido, entra realmente en el camino del despertar.
Quien llega a despertar, se hace entonces auto-consciente, adquiere Conciencia de sí mismo.

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