miércoles, 6 de octubre de 2010

Lo que me ha pasado... y sigue pasando.

Sin saber cómo ni por qué, tenía la certeza de que yo —o alguno de mis hermanos— poseía un don. No un poder en sí mismo, sino algo más profundo: la capacidad de servir como vehículo para la sanación. Si me preguntaras qué me hacía tener tal convicción, no sabría darte una respuesta concreta. Simplemente lo sabía. Era una sensación imposible de explicar, como tener la respuesta a una pregunta sobre un tema que jamás has estudiado. Una certeza que brotaba de lo más profundo, sin lógica aparente.

La primera vez que percibí que, a través de mis manos, algo —que no era yo— podía aliviar el dolor de alguien, fue con una de mis hijas.

Aquella mañana salió al jardín donde yo me encontraba. Se acercó tocándose la frente con la mano derecha, con expresión de molestia.

—Me duele mucho la cabeza —me dijo, sin dramatismo, pero con incomodidad real.

Sin pensarlo, le pedí que cerrara los ojos. Permanecimos de pie, uno frente al otro. Coloqué mis manos a unos diez centímetros sobre su cabeza, y comencé a moverlas suavemente a su alrededor, en silencio, durante unos cuarenta segundos. No sabía lo que hacía… pero algo me guiaba. Cuando le pedí que abriera los ojos, me miró sorprendida.

—Se me quitó el dolor… Sentí como si flotara —dijo.

El malestar se había desvanecido. Y yo, lejos de sentirme con un Don, me quedé en silencio, preguntándome: ¿realmente había ocurrido algo a través de mí?

Al día siguiente, mi otra hija, de apenas siete años, se me acercó con el cuello inclinado hacia un lado. Le dolía. No era la primera vez: una especie de tortícolis por dormir en mala posición o algún movimiento brusco. En otras ocasiones, lo resolvimos con pomada de árnica y un poco de masaje. El malestar desaparecía en dos o tres días.

Esta vez fue distinto.

Le pedí que se sentara frente a mí y cerrara los ojos. Coloqué mi mano sobre la zona del cuello donde decía que dolía, sin tocarla. Al sentir la cercanía, ella levantó la mano y me preguntó qué estaba haciendo. Le respondí con tranquilidad:

—Sólo estoy acercando mi mano.

Se relajó. Mantuve mi mano en esa posición durante unos treinta segundos. Cuando le pedí que abriera los ojos y moviera el cuello, ya no sentía dolor alguno.

—¿Qué me hiciste? —preguntó, confundida.

No supe qué responderle. Porque yo mismo no tenía idea. Hasta el día de hoy no sé qué fluyó a través de mí. Solo sé que no fui yo. Fue algo más.

Mi sorpresa se mezcló con inquietud. Empecé a pensar que tal vez todo había sido una coincidencia. Solo eso.

Pero una semana después, ocurrió algo que ya no pude atribuir al azar.

Estaba en mi oficina cuando un compañero entró a saludarme. Caminaba con dificultad, casi arrastrando una pierna. Se notaba el dolor en cada paso.

—¿Qué te pasó? —pregunté, al ver su andar extraño.

Me explicó que sentía un dolor intenso, que le bajaba desde la cintura hasta la pierna. Caminaba dando pequeños brincos, incapaz de apoyar el pie.

En ese instante lo supe: si el alivio podía repetirse a través de mis manos, entonces ya no podía hablarse de casualidades.

—Vamos a tu oficina —le pedí.

—¿Para qué? —respondió, molesto. En ese estado, lo último que quería era caminar.

¿Qué podía decirle? ¿Que yo no curaba, pero algo podía hacerlo a través de mí? ¿Que iba a intentarlo? ¿Que él sería la tercer persona con dolor que...?

Le expliqué, de forma breve, lo que había ocurrido el fin de semana con mis hijas. Aceptó, aunque claramente escéptico.

Una vez en su oficina, le pedí que se sentara y se acomodara lo mejor que pudiera. No podía doblar la pierna por el dolor, así que la dejó estirada frente a él. Le pedí que cerrara los ojos. Pasé mis manos a unos centímetros de su cuerpo, sin tocarlo, durante aproximadamente un minuto. En silencio. Cuando le pedí que abriera los ojos, le dije que se levantara y diera unos pasos, y le hice una pregunta directa:

—En escala del uno al diez, ¿qué tanto te duele ahora?

—Antes era diez.  Ahora... tal vez tres —respondió, sorprendido dando unos pasos. Ya no arrastraba el pie. Caminaba, aunque con una leve molestia.

—Siento como esa sensación de dolor por una inyección después de algunos días —me explicó—. No es dolor, es como… un eco del dolor.

Le pedí que cerrara los ojos una vez más, de pie esta vez. Volví a mover las manos frente a él, sin tocarlo. Otro minuto. Cuando abrió los ojos, el dolor prácticamente había desaparecido.

—Uno en la escala. Casi nada —dijo. Caminó. Respiró hondo. Sonrió, incrédulo.

Pasó casi un mes y el dolor no regresó.

¿Coincidencia? Ya no lo creo.
No.
Ahora entiendo que mis manos no sanan, pero son una vía. Un canal. Algo fluye a través de ellas. Algo que no comprendo… pero que ocurre.

Todo pasa para algo.
Y nada, nada es casualidad.

Seguidores