jueves, 31 de marzo de 2011

Don Pedro

Don Pedro.

Me encuentro en un bar al oriente de la ciudad. Todo fluye a la perfección: buena música, buen ambiente, buena compañía. La segunda copa apenas roza mis labios cuando siento la necesidad urgente de ir al baño. Me levanto y camino con prisa hacia los sanitarios.

Ya frente al mingitorio, un pensamiento me atraviesa como un relámpago: no saludé al encargado del baño. Giro ligeramente la cabeza y lo veo de reojo, él sentado en la entrada, junto a la puerta. Es un señor mayor, de rostro cansado. Repruebo mi olvido y me prometo que, al salir, me disculparé con él.

En ese instante, una imagen irrumpe en mi mente: el señor, con un bebé en brazos, o tal vez con un niño pequeño. Me desconcierta. Al lavarme las manos, lo observo por el espejo. La idea no tiene sentido... ¿cómo va a tener un hijo pequeño a esa edad?

Tomo la servilleta de papel que me extiende, y mientras seco mis manos, me disculpo por no haberlo saludado. Pero antes de poder callarme, algo en mí se adelanta a la razón.

—¿Va a tener un bebé? —le pregunto.

El hombre me mira fijamente, con una mezcla de desconfianza y sorpresa.

—¿Cómo cree, joven? ¿A mi edad?

Avergonzado, me acerco un poco más.

—Perdóneme, de verdad. No era mi intención incomodarlo.

—No se preocupe, no me molesta. Sí tengo hijos, pero ya grandes... también nietos. Aunque no los veo muy seguido.

Tal vez porque pocas personas se detienen a hablar con él, o porque simplemente le gusta platicar, comienza a contarme historias de sus hijos y nietos. Para escucharlo mejor, me pongo en cuclillas frente a él. Al moverme para apoyar el brazo sobre mi pierna, mi mano roza casi su rodilla derecha. En ese instante, una oleada de calor sube por mi palma... y una sutil estática la recorre.

Él sigue hablando. Yo lo miro a los ojos. Despacio, coloco la mano justo sobre su rodilla, sin tocarla. El calor regresa. La estática también.

Pasados un par de minutos, no puedo más. Lo interrumpo:

—¿Le duele algo?

Me observa, intentando descifrar mis intenciones. Quizá piensa que estoy borracho o simplemente loco. Pero no encuentra nada fuera de lugar en mi mirada.

—A mi edad ya duele todo —dice, con una sonrisa cansada.

—¿Pero dónde le duele más?

—Las rodillas, joven. Por eso estoy aquí sentado, me cuesta mucho levantarme.

—¿Puedo pedirle un favor?

—Claro. Dígame.

—Por favor, póngase de pie... y camine.

—¿Cómo dice? —su expresión cambia. De la sonrisa a la incredulidad.

Repite lo que le dije, como si necesitara asegurarse de que lo oyó bien. 

- ¿Que me ponga de pie?

Luego, con cierta molestia:

—Está bien, joven...

Apoya sus manos en los descansabrazos y, con esfuerzo, se pone de pie. Da tres pasos. Me lanza una mirada de soslayo. Sacude la pierna derecha. Da otros pasos. Da vuelta... y sacude la pierna otra vez, camina de regreso.

Antes de llegar hasta la silla, en donde yo sigo de cuclillas, me pregunta casi gritando:

—¿Qué me hizo, joven? ¡¿Qué me hizo?!

—Siéntese, por favor.

Se sienta. Me clava su mirada en los ojos.

—¿Se le quitó el dolor de la rodilla? le pregunto.

—Sí... aún me duele, pero no como antes. La otra sí, esa sigue igual —dice, señalando su rodilla izquierda.

—¿Me permite acercar mis manos?

—Sí, pero por favor, dígame qué me está haciendo.

—¿Cómo se llama? —le pregunto para evitar contestarle, mientras acerco las palmas de mis manos a unos cinco centímetros de sus rodillas.

—Pedro García. Para servirle.

—¿Desde cuándo tiene ese dolor, Don Pedro?

Le hago más preguntas, evadiendo la suya. No tengo respuesta.

—Ya hace años... —responde—. Me dieron diclofenaco. Al principio ayudaba, ahora ya no tanto.

Mientras él me habla de médicos y medicinas, siento que el calor en mis manos disminuye. La estática también. Me pongo de pie.

—¿Puede levantarse otra vez, Don Pedro?

—Sí, joven. Mire, ahora me levanto sin agarrarme.

Y lo hace. Con facilidad. Camina. Sacude una pierna, luego la otra. Gira. Regresa.

—¡Mire, puedo caminar sin dolor! ¡Mire! —dice, emocionado, una sonrisa se dibuja en su rostro.

Yo lo miro, conmovido. Siento una paz inmensa. Una gratitud inexplicable.

—¿Qué me hizo?

—No lo sé. Sólo sé que esto... esto es para algo. Y usted debe saber para qué.

—Lo único que quiero es estar bien... por mi pequeña.

—¿Entonces sí tiene un bebé?

—No. Mi hija tiene 32 años. Pero nació con una deficiencia. Es como una niña de siete...

—¡Ella es su bebé, Don Pedro! ¡El bebé del que le hablé!.

Nos despedimos. Regreso a mi mesa con una alegría desbordante. En el escenario, una banda de rock comienza a tocar. El ambiente vibra. Todos bailan, cantan. Levanto los brazos al ritmo de la música, y entonces... siento de nuevo esa extraña sensación en las palmas: calor, estática. Una energía viva.

Bajo los brazos. Todo normal. Los dirijo hacia el escenario, nada. Luego hacia el público que baila debajo... y el calor vuelve con intensidad. Giro mis manos. Lo repito. Cada vez que las dirijo hacia la gente... la temperatura cambia.

Miro a mi alrededor, buscando alguna fuente de luz o calor. Nada. Las luces están dirigidas hacia el escenario.

Le cuento a una amiga lo que siento. Le pido que haga lo mismo. Nada.

—Pon tus palmas frente a las mías —le digo.

Lo hace, sin tocarme. Y en cuanto lo hace, da un pequeño grito y retira las manos.

—¿Qué pasó?

—Sentí... como toques.

—¿Toques?

—Sí. Como cuando pasas la mano por la pantalla del televisor. Como estática... pero más fuerte.

Lo pruebo con otro amigo. El mismo resultado.

Esa noche, comprendí algo: hay algo dentro de mí que no entiendo, pero está ahí. No sé cómo funciona. No sé por qué ocurre.
Pero sé... que es real.


viernes, 25 de marzo de 2011

Tzadik parte 1

—Y ahora sé para qué estoy aquí —me dijo—. Vengo a revelarte que eres un enviado de Dios en la Tierra. Él te ha escogido entre sus hijos para dar fe y testimonio de su palabra. Eres el medio, la luz, eres la silueta detrás de las sombras.

Apenas recuerdo a Alejandro. Lo conocí en la Ciudad de México. Era un joven de 15 o 16 años, alto, fuerte, con rostro de niño, con la sonrisa en todo momento. Ahora que lo vuelvo a ver, después de 20 años, es un hombre corpulento, con el mismo rostro de niño, pero con gesto duro. Las líneas de expresión parecieran cinceladas por los desvelos y preocupaciones, pero que, a la menor provocación, se convierten en ríos de alegría. Este niño es un ángel. Literalmente, es un ángel, un enviado de Dios, guardián de la Palabra, un hombre que obra milagros, humilde, sencillo, que hace doce años recibió la misión de dar a conocer la palabra divina y mostrar el camino a quienes están despertando, a los que comienzan a abrir los ojos hacia el renacimiento de la fe, hacia el despertar de la conciencia. 

Alejandro estudia las Sagradas Escrituras y todo aquello que se relaciona con la palabra de Dios, sin ser practicante de religión alguna. Es un emisario al que se le confirió el don de hacer milagros. Un hombre amado por Dios, a quien se le otorgó la compleja tarea de descifrar su doctrina y revelarla a los hombres y mujeres escogidos.

A finales de enero de 2011 celebramos una reunión con familiares y amigos en casa. Por una "coincidencia", asistió Alejandro. Digo coincidencia, aunque empiezo a dudar que tal cosa exista. Él vive en el norte del país y esos día se encontraba en la Ciudad de México de vacaciones. Lo recibí con gusto, platicamos un breve momento. Durante la noche lo vi comiendo o charlando animadamente con alguien más. En algún momento, ya entrada la noche, lo noté dormitando en un sillón. Tomé un cojín y, cuidadosamente, le levanté un poco la cabeza y lo acomodé. Abrió los ojos, sorprendido, como si hubiese visto algo en mi rostro.

—Estoy bien así, de verdad, no te molestes —me dijo.

Me dio las gracias.  No con palabras… con la mirada.  Desde ese instante se levantó del sillón y creo que buscaba un momento para hablar conmigo.

Entrada la noche salí al estacionamiento a fumar y, a los pocos minutos, salió Alejandro. Comenzamos una conversación sobre la situación en Monterrey, la ciudad donde vive. Esa plática nos llevó a otra y me sentí muy cómodo hablando con él. Me dio la confianza de platicarle una situación que había sucedido un par de horas antes con unos amigos asistentes a la fiesta, ahí mismo, en casa...

Un amigo me pidió permiso para que Blanca, su esposa, se recostara en una habitación porque tenía un fuerte dolor de cabeza. Naturalmente accedí y los conduje a la habitación. Blanca se recostó y se cubrió los ojos con una mano para que la luz no le molestara. Cuando se recostó le pregunté:

—¿Padeces de migraña?
—Sí.
—¿Ya tomaste algo para el dolor?
—No, pero me están consiguiendo una pastilla.

En la habitación estábamos Blanca, su esposo y yo. Ella acostada de lado, con los ojos cerrados y la mano cubriéndolos. Su esposo, sentado a su lado en la cama, y yo, parado a los pies de la cama.

—¿Me permites acercar las manos a su cabeza? —le pregunté a su esposo.
—¿Para qué? —me contestó con un gesto de extrañeza.
—Quizá le ayude a aminorar el dolor.

Volvimos la mirada hacia Blanca y él, al verla con el gesto de dolor, asintió con la cabeza, aprobando mi petición.

Me acerqué a Blanca y le pregunté:

—¿En escala del 1 al 10, cuánto te duele?
—9 —contestó—, pero si no me tomo la pastilla rápido y dejo que siga el dolor, va a subir hasta 20.

Aproximé mis manos a 10 centímetros de su cabeza, sin tocarla. Por espacio de un minuto aproximadamente las dejé ahí. Cuando las retiré, le pedí que se sentara en la cama y abriera los ojos. Con ayuda de su esposo se incorporó y, al abrir los ojos, me preguntó:

—¿Qué me hiciste? —estaba verdaderamente sorprendida.
—Nada, sólo puse las manos sobre tu cabeza —su esposo lo confirmó asintiendo con la cabeza.
—¿Ahora, del 1 al 10, cuánto te duele?
—4
—¿Te sigue molestando la luz?
—No, ya no.
—¿Me permites volver a acercar las manos a tu cabeza para ver si baja más el dolor?
—Sí.

Le pedí que cerrara los ojos y coloqué nuevamente las manos sobre su cabeza, esta vez por aproximadamente un minuto y medio.

—Abre los ojos. Le pedí.  -¿Ahora, del 1 al 10, de cuánto es el dolor?
—De 1. Siento la cabeza como dormida, como si fuera de esponja.
—¿Alguna vez se te había quitado tan rápido el dolor?
—No, nunca. Con las pastillas me tarda por lo menos media hora.
—¿Qué me hiciste? Me preguntó realmente asombrada.
—No sé, de verdad no sé.  Sólo acerqué mis manos a tu cabeza.

Levanté la mirada y su esposo me estaba observando. Asentía con la cabeza.

Cuando terminé de relatarle a Alejandro lo que sucedió con Blanca, me miró con una mezcla de curiosidad y comprensión. Me preguntó cómo hice para que se le quitara ese dolor. Le dije lo mismo: ¡No sé!.  Le relaté otras experiencias en torno a la sanación. En su mirada me di cuenta de que Alejandro tenía la mente abierta para poder compartirle también mis experiencias con personas que se encuentran en otro plano. Sin hacer preguntas, con un gesto tranquilo, me dejó hablar. Me miraba fijo a los ojos y, cuando terminé, me dijo:

—Ahora ya sé por qué vine, para qué estoy aquí.
—No entiendo —respondí.
—Yo no tenía planeado venir, no tenía dinero. Si te das cuenta, mi esposa y mis hijos no vienen conmigo. Ellos me insistieron mucho para que hiciera este viaje y ahora sé por qué, mi esposa, casi me sacó a empujones de la casa.
—Sigo sin entenderte. Le dije.
—Déjame primero decirte lo que he vivido… desde hace doce años yo estudio la Biblia, la Torá y otros libros sagrados. Y esto empezó sin darme cuenta. Un día me desperté con ganas de leer la Biblia y después ya era una imperiosa necesidad, una obsesión, algo o alguien que me mandaba hacerlo. Tiempo después supe que ese algo o alguien era Dios.

Supe que era cierto lo que Alejandro decía porque yo también siento esa voz. Esa presencia. Esa certeza. Y sólo la comparto con quienes sé que pueden comprenderla.

—¿Cómo se comunica Dios contigo? —le pregunté.
—Sólo sé que tengo que hacer ciertas cosas, como ir a algún lado, o llamar a alguien. Sólo lo siento.
—¿Y tú, cómo te comunicas con Dios?
—Hablo con Él como si estuviera hablando con alguien más. Me responde una voz que no es la mía y con argumentos que no pienso. Desde que recuerdo he tenido esta comunicación. He preguntado a varias personas y ninguna me ha dicho que Dios le responde con palabras. Me han dicho que hablan con Él, pero no les responde, que sienten algo. Siempre había imaginado que todos nos comunicamos con Dios de la misma forma que yo, por lo tanto, nunca me cuestioné en torno a este modo de comunicación directa. La ocasión en que me di cuenta de ello fue cuando alguien muy cercano a mí vivió una ECM (Experiencia Cercana a la Muerte) y estuvo muy cerca de Dios (este tema lo dejaré para otro post).

Alejandro me cuestionó acerca de la manera de comunicarme con Dios:

—¿Lo escuchas?
—Sí.
—¿Responde si le preguntas algo?
—Casi siempre. Es como si estuviera hablando contigo.
—¿Lo ves?
—No.
—Eres la única persona que conozco que tiene esa oportunidad —me dijo—. Debes sentirte dichoso.
—Me siento dichoso y al mismo tiempo inquieto, porque me doy cuenta de que me suceden situaciones poco ordinarias, o tengo dones —o no sé cómo llamarlo— que pocos tienen, o al menos sé que pocos los tienen. Sé que me los dan para algo, eso lo siento, lo sé. Lo que no sé es para qué exactamente me los otorgaron. Debo tener una misión o algo parecido. Eso me tiene intranquilo. Sé que tengo que hacer algo, y pronto, porque sé, siento, que algo va a pasar dentro de poco tiempo, un acontecimiento que va a cambiar todo.

—Qué bueno, ya sabes que tienes una misión. Lo que vienes a hacer en esta vida lo vas a saber en su momento. Todo en su momento. Sólo pon atención en las señales, ellas te dirán cuál es la misión. Te puedo decir que la mía, mi misión, es lo que estoy haciendo aquí, contigo: venir a decirte que eres un enviado, un elegido. Venir a disipar las dudas que tienes. Ahora me doy cuenta de que esa es mi misión. Estos doce años que llevo estudiando libros sagrados, los estudié para darte testimonio de ello.

—No te voy a preguntar “¿por qué yo?”, “¿por qué a mí?”. Esto ya lo resolví y acepto a plenitud los dones otorgados y mi misión. Sólo que... no sé cómo decirlo... siempre pensé que los enviados por Dios, o los elegidos por Él, eran o son personas devotas, apegadas a la religión, o que su vida ha sido recatada. Yo no tengo nada de esto. Al contrario, he vivido disfrutando los placeres que encuentro, no soy asiduo a ir a la iglesia; es mas, no recuerdo la última vez que asistí a una ceremonia litúrgica. Bebo, fumo...

—Una cosa es lo que eres y haces, y otra lo que llevas dentro: tu alma, tu espíritu... tienes un alma vieja, con mucho conocimiento. Eres justo y sabio... —se quedó pensativo unos segundos, mirándome fijo a los ojos, y dijo—: Tzadik. Ese nombre es para ti y no lo digo yo. ¿Entiendes lo que te digo? ¿Que ese nombre yo no lo pensé o lo inventé?
—Sí, entiendo —le dije.
Tzadik es una palabra hebrea que quiere decir “el que es justo”, y para ser justo debes de ser sabio. Ese eres tú.

Durante toda la conversación, Alejandro me hablaba con versículos bíblicos y pasajes de la Torá, algunos en hebreo, que luego traducía. Era demasiada información para retenerla por completo, pero cada palabra quedó en mi alma.

Repentinamente se quedó callado y, mirándome a los ojos, me preguntó:

—¿Puedo hacer algo por ti?

Sin comprender, asentí. Frente a frente, apoyó las manos en mi cabeza e inició un canto en hebreo que duró alrededor de dos minutos. Al inicio mantuve los ojos cerrados esperando sentir algo o escuchar algo. Lo único que escuchaba era su voz. Abrí los ojos esperando encontrar algo distinto… nada, todo igual. Acabó su canto, bajó los brazos y me preguntó:

—¿Sentiste algo?
—No, nada —contesté.
—Espera, ya vas a sentir.

Seguimos platicando y, pasados quizá cinco minutos, inició la experiencia de mayor acercamiento con
—Dios,
—con la fuerza,
—con la energía,
—con la luz,
—con el todo... 

la mayor experiencia espiritual que había tenido hasta ese día...

miércoles, 23 de marzo de 2011

Despertar de la conciencia

Conciencia viene del latín conscientia que significa literalmente "con conocimiento" (cum scientia). Y según la RAE tiene varias acepciones: por un lado puede ser el conocimiento interior del bien y del mal; el conocimiento reflexivo de las cosas; la actividad mental a la que solo puede tener acceso el propio sujeto; el acto psíquico por que un sujeto se percibe a sí mismo en el mundo, etc. Pero la definición más aceptada viene a decir algo así como: capacidad o propiedad del ser humano (o espíritu humano) de verse y reconocerse con todas sus características, así como las modificaciones que experimenta y ser capaz de tener un juicio propio sobre todo ello. Podríamos entenderlo mejor si buscamos su opuesto, que es el inconsciente (y el subconsciente), es decir, todo lo contrario de conciencia: un perder el sentido, no darse cuenta, no estar presentes con nuestra atención, lo que todos conocemos por inconsciencia, lo cual no significa que no afecte a nuestro comportamiento, muy al contrario, al inconsciente van a parar los conflictos no resueltos.
La psicología distingue varios tipos de conciencia, veamos:
1. Conciencia individual: Es la conciencia de uno mismo pero en relación al entorno y como este lo puede perjudicar o favorecer, estableciéndose criterios de lo que es bueno o malo en este sentido. Da origen al instinto de supervivencia.
2. Conciencia social: Es como la anterior pero referida a los miembros de la comunidad, da como resultado el instinto de protección. Surge en el hombre la cooperación y la Inteligencia social.
3. Conciencia temporal o competente: Es una combinación de la conciencia individual y la social pero proyectada en el tiempo, mirando por el futuro. Es la llamada Inteligencia racional.
4. Conciencia emocional o empatía: Aquí entra en juego el deseo de no querer hacer daño emocional, con lo que se conjuga la conciencia de cómo el entorno, y la forma de actuar de uno mismo, puede afectar al estado emocional de la comunidad. Esto da nacimiento a la inteligencia emocional.

El despertar de la conciencia, es el tomar conciencia
De que estamos vivos
De quienes somos y hacia donde vamos
Tomar conciencia de que aparte de uno hay algo y alguien mas
El ser consiente de que todo lo que hacemos tiene una repercusión tanto dentro como fuera de mi
Y que el hacer un cambio se produce un cambio alrededor

Cuando hablamos de la necesidad de un despertar de la conciencia es porque estamos reconociendo que la conciencia de la humanidad se encuentra dormida y que la propia también y que es necesario un despertar para lograr cambios efectivos que son necesarios.

Ante todo, es necesario comprender que se está dormido, sólo cuando alguien se da cuenta cabal de que está dormido, entra realmente en el camino del despertar.
Quien llega a despertar, se hace entonces auto-consciente, adquiere Conciencia de sí mismo.

jueves, 7 de octubre de 2010

Las coincidencias no existen, es sincronicidad.

En el momento que dejé de ver las sanaciones como coincidencias, me di a la tarea de investigar sobre el tema y por arte de magia encontré y me enviaron información al respecto, esto es otra vez sincrónico, la información la encuentro o me llega de una forma casi instantanea y sin buscar mucho o sin haber pedido esta información. 
Encontré un libro que me llamó la atención, en una página argetina:  http://eleven11.com.ar/index.htm dense una vuelta por el sitio, quizá encontrarán algo de su interes, el libro que me interesó es de un quiropráctico estadounidense, "La Reconexión" Eric Pearl, que relata cómo inicio su proceso de poder sanar, es muy interesante y está escrito con un estilo coloquial, si tienes o quieres saber como sanar creo que deberías de leerlo, la página para descargarlo es:

http://www.megaupload.com/?d=9OUQZOXD

espero tus comentarios del libro.

Según Eric Pearl todos tenemos el Don de sanar.

 Te identificas con algunos de estos "sintomas" ?

Encuentro con personas del mismo grupo de almas.        Nos encontramos con una o varias personas con las cuales nos sentimos totalmente conectados o compenetrados. Sensación de corazón abierto, mucha emoción y deseos de fundirnos con el o los otros.

Encuentro con gemelos del mismo rayo. Nos encontramos con una persona de nuestro misma vibración, no nos importa su historia personal, hay una aceptación total.


Sueños muy placenteros. Nos despertamos con la sensación de haber estado en un lugar muy hermosos y con seres maravillosos, nos despertamos felices, la sensación se prolonga por el día.

Visualización de energía. Vemos flotando a nuestro alrededor esferas de colores, ORBS o geometrías de luz,  vemos los destellos de luz en el aura de otros.

 Sensación de sincronicidad. Todo fluye sincrónicamente, salimos a la calle. los semáforos todos en verde, siempre hay sitio para nuestro vehículo. Los relojes marcan 11.11 2:22 3:33 4:44 hasta 5:55, las placas de los carros también con números maestros. Pensamos en que necesitamos solucionar algo y se presenta sola la solución. Pensamos en alguien que queremos llamar o ver y se nos aparece. Todo fluye en sincronía, somos como el agua.

Confianza en que todo está bien. Actitud de observación. Mirar la realidad externa y a pesar de lo que vemos mantenemos la confianza internamente de que todo está bien, sentimiento de certeza absoluta.

Visualización y sensación de que todo se funde alrededor. La realidad común comienza a vibrar y se hace transparente, todo parece vivo. Sensación muy fuerte de Unidad, no hay separación en estos estados de vibración, nuestro cuerpo vibra con todo. Éxtasis.

Amor incondicional por todo y todos, necesidad de dar gracias. Nuestro corazón está abierto y nos sentimos amorosos con todo. Las lágrimas se saltan por cualquier cosa y nos sentimos vulnerables pero tranquilos. Todo es divino, todo es sagrado.

Experiencias extáticas espontáneas. En forma inesperada nuestro cuerpo físico nos regala una sensación de bienestar, nuestra Kundalini se pasea por todo el cuerpo y nos produce mucho placer.

Otros síntomas: Palpitaciones y dolor del corazón, ya que nuestros corazones están intentando dar cabida a una frecuencia de energía nueva y superior.
 Ojos irritados y visión borrosa, nuestros ojos se están ajustando para ver de un modo nuevo, en una dimensión más alta y una nueva realidad. Mientras estamos integrando y preparándonos para la siguiente fase de intensa energía en movimiento, nos volvemos muy letárgicos.
Puede ser casi imposible mantener los ojos abiertos durante el día y las siestas diarias pueden convertirse en un hábito regular y necesario.
Incluso si piensas que puedes hacer ejercicio para recuperar algo de energía, por lo general encuentras que caes muerto en el sofá por el mínimo esfuerzo.

Despertarse durante la noche entre las 2 y 4 de la mañana muy común !!!


Sudores nocturnos y bochornos. Durante ciertas fases de la ascensión, nuestros cuerpos de repente deciden que van a quemar los aspectos inferiores y más densos de nosotros mismos. Puedes despertar por la noche empapado en sudor o acalorarte mucho durante el día.

Sueños vívidos, salvajes y, en ocasiones, violentos. Estamos liberando muchas vidas de energía con vibración inferior a través de nuestros sueños. A través de este proceso, estamos liberando muchas cuestiones inconclusas así como también todas nuestras vidas pasadas.

Sensación de cosquilleo eléctrico en todo el cuerpo, especialmente en brazos y piernas, por la espalda y la columna vertebral, es la energía Kundalini despertando.

 Mareos y sensación de no estar en tierra.

Gripes, resfriados y virus repentinos, el cuerpo ha llegado a un nivel de sobresaturación y hace crisis. Entramos en una crisis curativa profunda que solo con descanso y mucho liquido debemos superar.

Diarreas y vómitos. También situación de tensión extrema. La resistencia al cambio hace que no toleremos nada en el cuerpo que no este en resonancia con la nueva vibración, así el cuerpo hace su propia limpieza. Tomar mucho agua es lo más recomendable.

La mayoría de las personas que pasan a través de este proceso y llegan al otro lado, tienen una nueva profesión, una nueva forma de pensar, o al menos comienzan una nueva forma de vida.
Aunque, sin embargo, ellos puedan sentirse realmente enfermos, cansados o a veces desesperados, esto es un regalo.

A todos aquellos que ya están experimentando estos cambios, se les ha dado la oportunidad de cambiar su estructura de ADN y su cuerpo a uno más luminoso, mas sano, que podrá verse notablemente en las próximas generaciones.



De ti depende si quieres seguir dormido y creyendo que lo que te sucede es una casualidad.

La casualidad no existe.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Lo que me ha pasado... y sigue pasando.

Sin saber cómo ni por qué, tenía la certeza de que yo —o alguno de mis hermanos— poseía un don. No un poder en sí mismo, sino algo más profundo: la capacidad de servir como vehículo para la sanación. Si me preguntaras qué me hacía tener tal convicción, no sabría darte una respuesta concreta. Simplemente lo sabía. Era una sensación imposible de explicar, como tener la respuesta a una pregunta sobre un tema que jamás has estudiado. Una certeza que brotaba de lo más profundo, sin lógica aparente.

La primera vez que percibí que, a través de mis manos, algo —que no era yo— podía aliviar el dolor de alguien, fue con una de mis hijas.

Aquella mañana salió al jardín donde yo me encontraba. Se acercó tocándose la frente con la mano derecha, con expresión de molestia.

—Me duele mucho la cabeza —me dijo, sin dramatismo, pero con incomodidad real.

Sin pensarlo, le pedí que cerrara los ojos. Permanecimos de pie, uno frente al otro. Coloqué mis manos a unos diez centímetros sobre su cabeza, y comencé a moverlas suavemente a su alrededor, en silencio, durante unos cuarenta segundos. No sabía lo que hacía… pero algo me guiaba. Cuando le pedí que abriera los ojos, me miró sorprendida.

—Se me quitó el dolor… Sentí como si flotara —dijo.

El malestar se había desvanecido. Y yo, lejos de sentirme con un Don, me quedé en silencio, preguntándome: ¿realmente había ocurrido algo a través de mí?

Al día siguiente, mi otra hija, de apenas siete años, se me acercó con el cuello inclinado hacia un lado. Le dolía. No era la primera vez: una especie de tortícolis por dormir en mala posición o algún movimiento brusco. En otras ocasiones, lo resolvimos con pomada de árnica y un poco de masaje. El malestar desaparecía en dos o tres días.

Esta vez fue distinto.

Le pedí que se sentara frente a mí y cerrara los ojos. Coloqué mi mano sobre la zona del cuello donde decía que dolía, sin tocarla. Al sentir la cercanía, ella levantó la mano y me preguntó qué estaba haciendo. Le respondí con tranquilidad:

—Sólo estoy acercando mi mano.

Se relajó. Mantuve mi mano en esa posición durante unos treinta segundos. Cuando le pedí que abriera los ojos y moviera el cuello, ya no sentía dolor alguno.

—¿Qué me hiciste? —preguntó, confundida.

No supe qué responderle. Porque yo mismo no tenía idea. Hasta el día de hoy no sé qué fluyó a través de mí. Solo sé que no fui yo. Fue algo más.

Mi sorpresa se mezcló con inquietud. Empecé a pensar que tal vez todo había sido una coincidencia. Solo eso.

Pero una semana después, ocurrió algo que ya no pude atribuir al azar.

Estaba en mi oficina cuando un compañero entró a saludarme. Caminaba con dificultad, casi arrastrando una pierna. Se notaba el dolor en cada paso.

—¿Qué te pasó? —pregunté, al ver su andar extraño.

Me explicó que sentía un dolor intenso, que le bajaba desde la cintura hasta la pierna. Caminaba dando pequeños brincos, incapaz de apoyar el pie.

En ese instante lo supe: si el alivio podía repetirse a través de mis manos, entonces ya no podía hablarse de casualidades.

—Vamos a tu oficina —le pedí.

—¿Para qué? —respondió, molesto. En ese estado, lo último que quería era caminar.

¿Qué podía decirle? ¿Que yo no curaba, pero algo podía hacerlo a través de mí? ¿Que iba a intentarlo? ¿Que él sería la tercer persona con dolor que...?

Le expliqué, de forma breve, lo que había ocurrido el fin de semana con mis hijas. Aceptó, aunque claramente escéptico.

Una vez en su oficina, le pedí que se sentara y se acomodara lo mejor que pudiera. No podía doblar la pierna por el dolor, así que la dejó estirada frente a él. Le pedí que cerrara los ojos. Pasé mis manos a unos centímetros de su cuerpo, sin tocarlo, durante aproximadamente un minuto. En silencio. Cuando le pedí que abriera los ojos, le dije que se levantara y diera unos pasos, y le hice una pregunta directa:

—En escala del uno al diez, ¿qué tanto te duele ahora?

—Antes era diez.  Ahora... tal vez tres —respondió, sorprendido dando unos pasos. Ya no arrastraba el pie. Caminaba, aunque con una leve molestia.

—Siento como esa sensación de dolor por una inyección después de algunos días —me explicó—. No es dolor, es como… un eco del dolor.

Le pedí que cerrara los ojos una vez más, de pie esta vez. Volví a mover las manos frente a él, sin tocarlo. Otro minuto. Cuando abrió los ojos, el dolor prácticamente había desaparecido.

—Uno en la escala. Casi nada —dijo. Caminó. Respiró hondo. Sonrió, incrédulo.

Pasó casi un mes y el dolor no regresó.

¿Coincidencia? Ya no lo creo.
No.
Ahora entiendo que mis manos no sanan, pero son una vía. Un canal. Algo fluye a través de ellas. Algo que no comprendo… pero que ocurre.

Todo pasa para algo.
Y nada, nada es casualidad.

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